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OPINIÓN

La despensa del tesoro

El encerrado forzoso quiere mejorar su técnica de camuflaje. Quiere pasar inadvertido, convertirse en mueble, hacerse transparente, ser como un ángel que pasa, como una pared blanca, como el aire, quiere llamar la atención que llama una minúscula gota en un fuerte aguacero de invierno. El encerrado forzoso desea hacerse invisible, quiere desaparecer.

El encerrado forzoso no es un mueble, ni una pared, ni un ángel, ni una gota de lluvia, es un ser humano que se mueve y respira y hace ruidos. En cualquier momento puede ser descubierto y requerido por su mujer o por sus hijos: "Baja a hacer la compra", "saca la basura", "no entiendo este problema de matemáticas", "¿echo va con hache o sin hache?", "¿hecho va con hache o sin hache?", "¿y hache? ¿va con hache o sin hache?" Pero no son esos requerimientos ni esas cuestiones los que el encerrado forzoso desea evitar. Al contrario, agradece cuando lo llaman para realizar esas labores de la vida cotidiana o para consultar una duda de la tarea del colegio. El confinamiento se alarga y las cosas del hogar y los deberes de los hijos lo distraen del transcurrir plomizo del tiempo.

La razón por la que el encerrado forzoso quiere pasar desapercibido es la de poder acceder a la despensa y dar cuenta del chocolate que allí se guarda a su gusto y sin que nadie le llame la atención. Su deseo es poder paladear con calma y sin pudor una cremosa pieza de chocolate con leche y dejar que poco a poco se disuelva en el calor de la saliva que va inundando su boca entera y sentir cómo esa masa mantecosa se desliza adentro de su cuerpo llenándolo de sabor. Y hacerlo cuantas veces desee, sin límite, una, dos, diez veces.

En la casa todos saben de la debilidad que siente el encerrado forzoso por el chocolate, y su hija, que es tan golosa como él, se aprovecha de esa debilidad. Es un sinvivir eso de querer comer chocolate en cuarentena cuando su hija está todo el día pendiente de los movimientos de su padre. "Abre la boca, a ver qué comes", le dice cuando lo ve pasar pasillo adelante como una exhalación. "Nada, es sólo pan", contesta tapándose la boca. "Abre la boca, échame el aire, que no me lo creo". Pillado in fraganti, la niña lo pone de vuelta y media, critica su debilidad, todo un hombrecito haciendo chiquilladas, y lo soborna diciéndole que disculpará su pecado sólo si el encerrado forzoso le da una parte de la pieza del chocolate que él pretendía comerse solo y a escondidas.

Cuando el encerrado forzoso decide ir en busca de chocolate se le acelera el corazón. Nervioso se quita las zapatillas, se pone calcetines y camina muy despacio.

La niña es un lince y no le deja pasar una. Aunque haya música de fondo o suene el runrún del televisor, aunque esté al otro lado de la casa, ella es capaz de advertir que algo sucede en torno a la despensa. En lo que concierne al chocolate, su hija tiene un sexto sentido.

Al menos su hijo es más indulgente y cuando lo descubre en su despacho con un cuadrito de chocolate escondido detrás del ordenador se sonríe y deja que lo saboree con delectación.

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