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OBSERVATORIO

Europa debe darse tiempo

El mayor peligro en los asuntos políticos reside en lanzarse contra la realidad con las normas abstractas. Sea cual sea el ideal, tenemos que interpretarlo a la luz del estado real de cosas. De otro modo, nos movemos en el plano de las abstracciones. Hay que saber medir las distancias entre la filosofía y la política. La una busca asegurar determinados conceptos; la otra, cambiar la realidad. Por eso no hay política profunda sin previos consensos acerca de lo que tenemos delante. Ahí, en esa definición de la facticidad, toda colectividad se la juega, y para identificarla debe agudizar su juicio. Pues bien, esto que digo creo que resulta especialmente verdadero acerca de la Unión Europea.

La mayoría de las quejas que escuchamos sobre los defectos de la UE proceden de que se supone que ya es lo que nunca fue. Por supuesto que comparto los ideales de quien se queja de la insuficiente solidaridad europea. Muchos se preguntan dónde ha quedado la fraternidad desde 2008. Nadie la ha visto. Pero no porque se haya perdido. Sencillamente nunca estuvo allí. Es poco convincente quejarse de que Europa no disponga de solidaridad o de fraternidad. Pedir eso sería lo mismo que exigir que se comportara como lo que todavía no es. En verdad no existe el pueblo europeo. Pero echárselo en cara es la mejor manera de que nunca llegue a serlo.

La cosa es más grave. Europa mostró una voluntad positiva de no querer ser un pueblo. Eso se vio cuando el Tratado de Constitución Europea no pudo ser aprobado. Las ciudadanías de Francia, de Holanda y de otros Estados sintieron el vértigo histórico de enrolarse en una pérdida de soberanía adicional. La verdad sencilla es que no quisieron depender más aún de las decisiones de otros pueblos y Estados. Aquella decisión nos decepcionó, pero allí se manifestaba una realidad política democrática que no podíamos ignorar. Fue un acto de voluntad soberana. Estaba fundado en la desconfianza que unos sistemas políticos europeos producen en otros. Y no creo que fuera fruto del desconocimiento.

Quejarnos de que los europeos no nos comportemos como un pueblo no puede sino agravar las cosas. Es pedirnos algo que no podemos dar, porque todavía no lo somos. La decepción y desazón que esa exigencia nos produce disminuye las posibilidades de que algún día lleguemos a aceptar una unión más intensa. Evitemos ese círculo vicioso, que no transforma la realidad y nos encierra más en nuestras percepciones. No pedirnos demasiado quizá sea el primer paso para no sembrar de juicios negativos nuestro trato recíproco. Por el contrario, echarnos en cara algo que nunca fuimos será un malentendido y aumentará el rencor, privándonos de posibilidades de comprendernos.

Si no somos un pueblo, ¿qué somos entonces los europeos? No somos ya sólo un mercado. Se puede decir que somos una sociedad civil, pero no todavía una res publica. Esta diferencia, la clave del pensamiento republicano, es relevante. Somos una sociedad civil, porque hemos constituido un tejido de relaciones regido por la asociación y el derecho que hemos creado con la cooperación de nuestras soberanías. Para medir nuestros contratos nos hemos desprendido de la capacidad soberana de fijar el valor de nuestra moneda. Pero no somos una res publica constituida por sentimientos comunitarios, por vivencias inmediatas, presupuestas, no premeditadas, que se activan sin reflexión y sin mediación. Nuestra esperanza era que los actos de socialización poco a poco generasen procesos de comunitarización. Es posible tener esa esperanza, porque no es fácil creer en las comunidades eternas.

Hablamos de realidades graduales. España, sin ir más lejos, ¿es la sociedad civil de un Estado o un pueblo? Pues a veces tengo dudas. Cuando el personal sanitario se expone a una infección mayoritaria y peligrosa sin demandar aumentos de sueldo, cuando trabaja día y noche, cuando una sección entera rodea a un enfermo que ha superado los cuidados intensivos y lo aplaude, jalea, y lo anima, expresa su sentido comunitario. Cuando miramos las resistencias fiscales de tantos, o la forma en que se relacionan las comunidades ricas con las menos ricas, parece que estamos antes tibias relaciones jurídicas que marcan rígidos topes al sentimiento de obligación. Tendríamos buenas razones para reclamar fraternidad entre los europeos, pero resultaría confuso que entre españoles no fuéramos capaces de poner en marcha una contribución fiscal especial y la exijamos a otros pueblos. Quizá estaríamos en mejores condiciones de pedir lo primero, si hiciéramos lo segundo.

Este es un razonamiento contra las decepciones, no a favor del abandono. Es a favor del tiempo. Toda sociedad civil intensa aspira a ser una res publica. Esta divisa kantiana la hago mía. Traducir una cosa a la otra no es fácil, como sabemos los españoles. A nivel europeo, tampoco lo es. Aunque el derecho y los pactos inicialmente tienen solo el espíritu de la obligación que incluye la justicia y el interés recíproco, las sociedades civiles incluyen imperativos que van más allá del derecho. Hablar de forma respetuosa de los socios, intentar comprenderlos, generar ese tipo de base comunitaria incipiente que dispone al afecto, que mejora las posibilidades del siguiente acuerdo, que no busca perpetuar las diferencias para aumentar la ventajas propias, es una ecuanimidad que va más allá del espíritu de equidad. Se hace cargo de otras consideraciones y amplía el espíritu de justicia.

Se ha hablado de una manera en todos los sitios, en el norte y en el sur, que no promueve esa ampliación de espíritu. No sólo se ha expresado la decepción de forma airada, como si se dijera: si no somos un pueblo, entonces nada merece la pena. No. Se ha hablado sin respeto, ofendiendo de forma innecesaria, con arrogancia, como no se hablan ni los amigos ni los socios. Pero lo importante es que en esas relaciones de sociedad civil llega un momento, como el actual, en que se intensifican las diferencias civilizatorias entre los socios. No ayudar en estas circunstancias al socio desfavorecido parece mostrar el deseo de mantener esa diferencia por las ventajas que encierra. Y eso puede suponer una voluntad de dominación que ya no permite ni siquiera la percepción compartida de justicia.

La voluntad de no compartir dimensiones políticas debe objetivarse. Hay elementos comprensibles en ella. En los días en que se sometía a aprobación la Constitución Europa, Aznar se fotografiaba en las Azores y Berlusconi se pavoneaba por el mundo. Era fácil que la ciudadanía danesa u holandesa se preguntaran si tenía sentido implicarse en una unidad política adicional con esos líderes. Otro ejemplo: antes de tener una fiscalidad sindicada europea, debemos tener una carga fiscal homogénea. No es justo que sindiquemos una deuda pública con nuestros pudientes pagando diez puntos menos que los alemanes o los suecos. Las cosas no pueden hacerse a medias. Si se aumenta la voluntad colectiva común, tenemos que disminuir aquello que consideramos nuestra voluntad exclusiva. Las dos cosas a la vez no es posible.

En estos procesos hay que ejercitar el juicio. Y hay situaciones en que no avanzar es retroceder. Europa está en ese momento. Un buen paso sería sindicar la deuda finalista destinada a colocar tras la pandemia a los socios desfavorecidos en condiciones no más desiguales que hasta ahora; experimentar con la no condicionalidad esta vez, aunque se insista en el rigor y en la responsabilidad políticas. El pacto que necesita Europa para transitar un paso más en el largo camino desde la sociedad civil a la res publica común no será en todo caso ese. Debe ser más ambicioso. Pero la no condicionalidad es ahora el requisito indispensable para continuar juntos como socios, sin decepciones irreversibles. Eso implicará ganar tiempo para preparar el nuevo pacto que necesitamos. Para entenderlo, debemos pensar con claridad aquello que se dio en el núcleo originario de Europa, antes del principio, aquel pacto que firmaron, cada uno a su modo, Alemania e Italia, los dos derrotados de la Segunda Guerra Mundial. En esos pactos está el secreto de Europa.

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