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EL RUIDO Y LA FURIA

Libertad

Si la vida tiene sentido, su único sentido es vivirla. Sus dos márgenes, el comienzo y el final (generalmente, exceptuemos el suicidio), son involuntarios, pero lo que media entre los dos, ese espacio indeterminado e impreciso, no tendría sentido si su sentido no fuese, precisamente, recorrerlo.

Pero no solo importa recorrerlo, también importa la manera en que lo hacemos. Una vida convertida en una mera cuestión biológica no es exactamente una vida, al menos desde la perspectiva humana. Vivir es mucho más que estar vivo.

En estos terribles tiempos que estamos atravesando, sin embargo, todo lo hemos embargado a la conservación de la vida. Era lógico que, por supervivencia, estuviésemos momentáneamente dispuestos a cualquier cosa, incluso a renunciar a la mayoría de nuestras libertades. Sin embargo, esta dicotomía entre seguridad y libertad es una vieja disputa en la historia de la humanidad y suele tener terribles consecuencias.

Es muy conocido el trabajo de Erich Fromm titulado El miedo a la libertad, en el que planteaba seriamente la constante tentación de los seres humanos a eliminar la incertidumbre buscando quien le diga qué pensar y cómo actuar. También señalaba, muy certeramente, que los cambios en las condiciones sociales originan cambios en el carácter social, es decir, que ante nuevas necesidades se crean nuevas angustias, y estas nuevas angustias nos hacen proclives a aceptar nuevas ideas y nuevos comportamientos. Esto sería, más o menos, lo que alguien pretendió decir con la desafortunada frase de "nueva normalidad".

Pero cuidado con esa "nueva normalidad", porque puede ser muy peligrosa. Cuando las cosas se ponen feas, tan feas como están ahora, la mayoría de la gente está dispuesta a canjear libertad por seguridad, y a asumir con entusiasmo ideas y comportamientos que les proporcionen esa seguridad, incluso si en realidad no es más que una falsa sensación implantada mediante "consejos de expertos" y la influencia de la publicidad. No sé si la situación les suena de algo? En caso de que la respuesta sea afirmativa, no deberíamos perder de vista que podemos estar tratando de garantizar nuestra supervivencia a costa de perder nuestra vida, permitiendo que nos secuestren indefinidamente la libertad, el componente imprescindible para que la vida sea vida, es decir, para que merezca ser vivida.

Por peligrosa que sea la coyuntura, debemos recordar que lo imprescindible suele ser extremadamente frágil. El amor, la belleza, la alegría y la libertad (no necesariamente por ese orden, porque lo imprescindible carece de prioridades), son quebradizos por sutiles, delicados por profundos. Es muy fácil resquebrajarlos y luego ya no hay manera de componerlos de nuevo, de recuperar su necesaria presencia, la que hace que esto de vivir tenga un mínimo de sentido.

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