Mi abuela siempre decía: "Ten cuidado con a quién pisas al subir porque te lo puedes encontrar al bajar". También decía "Sé humilde, que la vida da muchas vueltas y no sabes dónde puedes acabar mañana". Y, para bien o para mal, ambas profecías las he visto cumplirse alguna vez. Pero ha sido en estos momentos de cuarentena cuando más he pensado en esas reflexiones viejunas. Han sido muchas las ocasiones en las que escuché a algunas personas, doctoradas, que presumían de cátedra, hablar de la existencia de profesiones de primera y de segunda categoría. Siempre me molestó mucho esa comparación clasista, ya que uno no sabe las circunstancias individuales de cada persona para juzgar por qué se dedica a una cosa u a otra. Sin ir más lejos, yo me costeé mi primera carrera con dos trabajos -muy mal pagados- de esos considerados de segunda, y estoy muy orgullosa de ello. El otro día estaba esperando mi turno para pagar en el supermercado y dos de las cinco personas que estaban antes que yo les dieron las gracias a las cajeras por la labor que estaban realizando. Ahí tenemos un ejemplo de profesión considerada de segunda categoría. Una profesión en la que trabajan largas jornadas por miserables sueldos pero que cuando hay una crisis sanitaria están en primera línea. ¡Benditas cajeras y reponedores! Cuánta hambre hubiésemos pasado estos cuarenta días -en los que hemos comido más que nunca- sin trabajadores en los supermercados. ¿Y los barrenderos? ¿Quiénes nos han tenido las calles limpias y desinfectadas sino ellos? ¿Y las limpiadoras? ¡Dios bendiga a las limpiadoras! Todo el tiempo, lejía en mano, esterilizando cuanto había a nuestro paso para que no corriésemos peligro. Ah, se me olvidaba, ¿y los agricultores? Esos a los que tanto criticaron cuando, con toda la razón del mundo, se manifestaron pidiendo que se dignificara su trabajo y que los precios que pagaban las empresas por las cosechas cubriesen los costes de producción. ¿Con qué habríamos hecho el potaje de jaramagos o la ensalada sin los agricultores? ¿Con qué hubiésemos escaldado el gofio sin ganaderos? ¿Y el caldo de pescado sin esas personas que se echan a diario a la mar? Ahora me encantaría preguntarle a toda esa gente doctorada o con cátedra -en cualquier cosa menos en humildad- si siguen pensando que hay profesiones de primera y de segunda categoría, porque ya ven ustedes quiénes son imprescindibles cuando el hambre aprieta.