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RECUERDOS

Alejandro

Se me agolpan los recuerdos en la memoria y con un nudo en la garganta me tiembla el pulso al escribirte por última vez. Mi vida desde que tengo uso de razón esta íntimamente vinculada a la tuya, desde muy pequeño pasaba las tardes contigo. Los martes, todos los martes, durante más de medio siglo, íbamos al sur a jugar nuestra partida de golf y otras tardes las pasábamos oyendo ópera en tu casa. La ópera a la que tú amabas profundamente y en el comedor de casa de mi madre, unas navidades, de tantas que pasamos juntos, fundaste ACO.

Fuiste un filántropo y una persona generosa con todo el mundo que se acercaba a ti.

Nuestros veranos inolvidables en la casa de Arucas, jugando al ajedrez o con partidas de tenis en las que yo hacía de recogepelotas y, por la noche, ponías películas en la biblioteca. Así año tras año junto a mi hermana, en los que la vida discurría de forma plácida, hasta que un día se marchó y se hizo un paréntesis. Hoy os habéis vuelto a reencontrar.

Tenías profundas convicciones religiosas que marcaron tu camino. Aún recuerdo como reías cuando el día de mi confirmación, en la que tu fuiste mi padrino, el Obispo Pildain nos encerró en la Iglesia de Santo Domingo. Fuiste como un segundo padre para mí al que profese siempre un cariño inquebrantable a pesar de los avatares de la vida.

Mientras escribo estas líneas con la vista perdida en el infinito quiero enviarte todo mi cariño allá dónde estás, junto a toda la familia, en la certeza que continuarás ayudándonos a todos. El día que volvamos a vernos, con tu bonhomía infinita retomaremos al compás de Una furtiva lacrima que hoy se desliza en mi mejilla, y podremos al fin abrazarnos de nuevo, Cuando el destino nos vuelva a reunir .

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