El bloque parlamentario que apoyó la investidura de Pedro Sánchez - y que antes había sido decisivo en la moción de censura contra Mariano Rajoy - ha saltado por los aires. Tanto ERC como el PNV han anunciado que este miércoles votarán en contra de la solicitud gubernamental de extender otros quince días el estado de alarma. Coalición Canaria y Bildu optarán por la abstención: expresión de malestar sin voluntad inequívoca de ruptura. La decisión de vascos y catalanes resulta políticamente más relevante que la fúnebre ocurrencia de Pablo Casado de sumar al PP a la chillona jauría de Vox. Casado se ha podido sentir (legítimamente) ninguneado por el presidente del Gobierno. Pero votar que no sin presentar una propuesta política y jurídica alternativa cuando la pandemia que ha matado a más de 25.000 personas no está -ni de lejos- bajo control es un acto de una extraordinaria irresponsabilidad que no beneficiará electoralmente a la derecha española, sino a Santiago Abascal y los suyos.

Solemos olvidarnos que, en una democracia parlamentaria, cuando un Gobierno pierde la mayoría que lo sustenta, el primer y principal responsable es precisamente el Gobierno, que lo es no por un mandato sagrado de los electores, sino por haber construido los acuerdos suficientes para vertebrar (y mantener) esa mayoría. Ya es arriesgado - por decirlo suavemente - fiar tu estabilidad parlamentaria a socios políticos que pretenden romper el orden constitucional que el presidente y sus ministros juraron o prometieron defender. Aunque parezca sorprendente, Pedro Sánchez eligió, como modelo de gestión de la compleja y destructiva crisis sanitaria derivada de la pandemia, la recentralización (coyuntural) de las competencias en un ministerio-cascarón sin músculo técnico ni administrativo, el funcionamiento vertical de las decisiones y órdenes y el secretismo -que es, al cabo, ventajismo propagandístico- en la información delicada y en la toma de las decisiones más relevantes. La reunión semanal de Sánchez con los presidentes autonómicos no constituye un espacio de trabajo para consensuar o siquiera debatir las medidas más importantes, sino una atención cuasiprotocolaria por la que el jefe del Ejecutivo tenía la delicadeza de aguantar las decepciones, quejas y gruñidos de sus pequeños homólogos durante hora y media. Y ni siquiera estaba obligado a servirles café.

Elegir como parteneaires en el Congreso de los Diputados a ERC y el PNV e inclinarse por un modelo centralizado de gestión de la crisis, desdeñando fórmulas más participativas y federalizantes, y reteniendo avariciosamente información a unos y a otros, es una contradicción que ya amenazaba derrumbe desde hace días. Las próximas elecciones en el País Vasco y Cataluña no mejoran las cosas. Veo (y leo) a gentes de izquierda, entiéndase, progubernamental, indignarse mucho. Criaturitas empapadas de cinismo. Los independentistas catalanes y los peneuvistas son igual de egoístas, oportunistas e indiferentes a los muertos de fuera de sus territorios que hace medio año. O año y medio. O un lustro atrás. Recuerden las palabras de Josep Carod Rovira en su entrañable diálogo pedagógico con los etarras: "Me atrevo a pediros que cuando queráis atentar contra España, os situéis previamente en el mapa". Sánchez tiene 24 horas para proponerles un cambio de modelo gestor y organizacional a cambio de una nueva prórroga. España puede ser un país insoportable, como cualquier otro, pero, aburrido, nunca.