Esta tarde, apenas al comienzo del paseo, me distraje un momento y el perro orinó abundantemente en la puerta del chino de la esquina. La tienda estaba tan llena como Wuhan en un día de mercado, y todos llevaban mascarilla, salvo la china que regenta el establecimiento, y que amenazó al perro con su diminuto puño cerrado. El perro giró la cabeza y se la quedó mirando lleno de curiosidad. Arreglé el estropicio como pude y abandoné el lugar casi corriendo, mientras la china parecía maldecirnos a gritos.

Probablemente la maldición de la china era una condena repetida en su país natal hace mucho tiempo: "Ojalá vivas tiempos interesantes". En realidad se trataría de un énfasis. Un énfasis para caracterizar una forma de chifladura. Las últimas 24 horas han sobrepasado todos los efectos pirotécnicos en las redes sociales entre partidarios y detractores del Gobierno y de las fuerzas políticas que lo integran. Los más serenos - yo no me encuentro ya entre ellos - siempre nos advierten que no deben confundirse las redes sociales con la realidad social, pero esa observación solo es parcialmente cierta. Las redes sociales tienen un impacto creciente en la circulación de marcas y opiniones, en la configuración de marcos conceptuales y relatos de legitimación, en la dinámica de las relaciones entre acción política, información y sensibilidades ciudadanas. Hoy hieden a desprecio, asco y odio en un escenario de polarización que no se vivía en España desde los años treinta del pasado siglo.

El PSOE contará con Ciudadanos para extender el estado de alarma otros quince días. Con el respaldo de pequeños partidos (Más País, BNG, Compromís, PRC, Nueva Canarias) podrá sumar más votos positivos que negativos. No hay que descartar que el PNV también respalde apoyar condicionadamente la solicitud del Gobierno. La Constitución, al regular el estado de alarma, deja perfectamente claro que será la Cámara quien establezca su duración - con quince días como máximo - así como su funcionamiento y su alcance, y eso es lo que está ocurriendo en las últimas horas: una negociación que Pedro Sánchez y su equipo debió afrontar hace semanas. No lo hicieron por puro oportunismo. En este caso han cerrado acuerdos con Ciudadanos y el PNV. Pablo Casado ha dado, de nuevo, un paso en falso, y tal vez sufra el grotesco ridículo de abstenerse después de su estruendosa danza de guerra.

D verdad que ese jamás ha sido el problema. Es un problema el incremento del gasto público sin una mínima garantía solvente de que puede ser asumible a medio plazo. Es un problema el avance de tortuga de la Unión Europea a la hora de organizar un fondo financiero de emergencia y decidir la condicionalidad de los préstamos. Es un problema la parálisis de cabildos y ayuntamientos que ignoran cómo sobrevivirán financieramente después del verano o la languidez parlamentaria a la hora de encararse con los riesgos existenciales de Canarias. Y es un problema, en fin, que los servicios sociales municipales sean incapaces de atender en tiempo y forma la presión asistencial a causa de unos procedimientos administrativos que son una rémora y un funcionariado que a menudo sigue actuando, dolce far niente de la plaza fija como si viviéramos en el pasado febrero. Las administraciones públicas necesitan una urgente sacudida organizativa, operativa, procedimental. Y eso no depende de la UE, del empresariado ni de los científicos, sino de los políticos.