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OBJETOS MENTALES

Desaprobación general

ELa forma que tiene el gobierno de España de combatir el virus como la de otros muchos países consiste en confinar a las personas, lo cual es una metodología arcaica. No distinta de la idea de un pescador que quiere pescar achicando el agua del mar. Este método es tan bruto como el que más. Su puesta en práctica produce otras catástrofes asociadas, como son la catástrofe económica, social y política. Quizá es así porque vivimos peligrosamente y a lo loco, y la verdadera locura, no obstante, es carecer de una lista de prioridades sociales que sobrepasen el capricho de los gobiernos de turno.

Los datos son la forma simbólica más precisa con la que se puede representar un fenómeno y bajo cuya apariencia subyace la imagen científica de la realidad. Los datos develan patrones, conductas, son la imagen de la mente de la naturaleza y sus intenciones por así decirlo, y del esclarecimiento de ese secreto resulta la diferencia entre la vida y la muerte para una especie tan frágil como la humana. España sufre esta muerte pandémica, entre otras razones, por causa de una clase política perezosa e intelectualmente mediocre (no quiero ahora referirme a la adquisición de títulos falsos, incompetencia y otras linduras). Verdaderamente, desde el decimonónico Joaquín Costa y su gran pasión regeneracionista hasta el presente apenas ha habido intentos serios de regeneración democrática, incluida la etapa postfranquista. Los partidos simplemente han practicado el turnismo del ahora me toca a mí.

Si nos referimos a las intervenciones que oímos en las Cortes españolas siguen estando henchidas de retórica vacía antes que de un saludable pragmatismo. La acción se consume en la hinchazón verbal, desatada y destructiva. Se echa de menos un discurso que se ajuste a los hechos, pero, por el contrario, lo que ofrecen son discursos de metafísica política sin razón instrumental. El lenguaje entonces se troca en una herramienta inútil porque no integra los hechos insobornables de la realidad. Ligar el discurso a un pragmatismo estoico se nos revela como imprescindible para transitar del barroco político a una administración de las cosas de los ciudadanos, de líneas geométricas, sana y eficaz. Esta dualidad existencial con respecto a la conducta de la clase política es un obstáculo para la regeneración de la democracia. Creo que fue Einstein quien dijo que la mejor de las explicaciones es el ejemplo. Hoy faltan personajes ejemplares en la política que conciten respeto o consideración. España parece anclada en la figura del cesante que tan magistralmente describía Don Benito Pérez Galdós en su novelística. Últimamente me ha llamado la atención una declaración en la que el Ministerio de Universidades de España notificaba que fueran los propios alumnos quienes propusieran cómo desearían ser evaluados. Acto seguido, la misma clase política se deshace en jeremiadas por el triste ranking de la universidad española en la que ninguna de ellas figura en puestos relevantes. Siguiendo esta senda no es de extrañar el hastío que la sociedad les profesa. Con esta marinería de país no quiero imaginarme una crisis climática. Más nos valdría tener una ontología de un tardígrado, uno de esos seres extremófilos capaces de soportar temperaturas de entre menos doscientos grados centígrados bajo cero y ciento cincuenta grados sobre cero. ¡Salud!.

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