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OBSERVATORIO

Las "magdalenas" de la nueva normalidad

Una lectora amiga, confinada en el barrio de las letras de Madrid, amuebla el lento paso del tiempo leyendo Por el camino de Swann, primera parte de la serie En busca del tiempo perdido, la obra maestra del novelista francés Marcel Proust.

Al presidente del Gobierno se le ha puesto el semblante de quien ha visto la cara a las dificultades que vienen. Así se podría explicar una cierta condescendencia al aceptar que las discusiones sobre lo que ha dado en llamar "la reconstrucción económica y social" discurran en sede parlamentaria. Resulta inevitable imaginar que su insistencia en la "nueva normalidad" tiene algo de antiguo, como si ya no fuera de este tiempo, sino de otro que ya se ha perdido.

Lo fundamental en Proust no es lo que cuenta sino cómo lo cuenta, lo que, amén de constituir un remedio para la soledad, permite a sus lectores prestar atención a detalles en cosas que antes habían pasado desapercibidas.

Para entender mejor las circunstancias, hay que recordar que escribió la obra de su vida en una casa del aristocrático Boulevard Haussman, donde estuvo encerrado durante catorce años, a base fundamentalmente de café, sin apenas salir de su cama, en la que se sentía a resguardo de las enfermedades imaginarias que generaba su hipocondría, hasta llegar a revestir las paredes de corcho para lograr así un mayor aislamiento. Una auténtica reclusión.

Asmático, hipersensible, apasionado del amor, el novelista, que siempre tenía frío, tanto en invierno como en verano, no estaba preparado para conformarse con lo simple, de modo que su vida fue "un rotundo fracaso en el altar de una gran obra de arte", En busca del tiempo perdido.

Las dificultades de entendimiento entre el presidente y el líder de la oposición de nuestro país traen a la memoria el desencuentro entre Proust y Joyce en el Hotel Majestic, cuando, en los felices años 20, París era como un refugio intelectual.

La fiesta se había organizado en honor de Stravinsky, aunque la verdadera intención era propiciar un encuentro entre dos celebridades de la literatura mundial. Se quiso convencer a Picasso -que se negó- para que pintara un retrato al vuelo de Proust, quien explicó que la conversación con Joyce había sido una "reiteración infantil de la negación" ya que le preguntaba y el irlandés sólo decía una palabra. No llegaron a las manos, pero llegaron al desprecio. Parecido ánimo al que anida en nuestros protagonistas.

En medio del vacío de compasión oficial, enfilamos una desescalada hacia esta "nueva normalidad", compleja en una población como la nuestra, que ha hecho de la cercanía social su modelo productivo, con su amplio surtido de saludos, besos, apretones de manos, fútbol, bares y espectáculos.

¿Consistirá esta en alejar, en levantar muros relegados, en cambiar costumbres sociales? Lo que parece evidente es que habrá mucho que reinventar. Y el horizonte de la normalidad lo dará la vacuna que venza al maldito virus.

No hay duda que la "desescalada a la carta" servirá para calmar los soliviantados ánimos de nacionalistas e independentistas, en la medida en que cuentan con recuperar, así, el control de la situación, momentáneamente trastabillado.

Lo que entraña riesgos, como cuando se deja en manos de las regiones la decisión de que los alumnos puedan pasar de curso con los suspensos que cada una estime. De modo que un título, admitido en todo el territorio nacional, tendrá un valor académico diferente dependiendo del lugar donde se obtenga.

El remedio del confinamiento está siendo inevitable y devastador para España, que tiene un problema de credibilidad porque no ha hecho los deberes cuando debía. De manera que los países en condiciones de ayudar se preguntan, con razón: ¿van a hacer las reformas necesarias para que el país crezca o van a usar este dinero de manera improductiva?

Para un vicepresidente de la coalición que nunca ha cumplido las recomendaciones que su gobierno hace al resto y sigue a rajatabla su máxima de politizar el dolor, el empeño más pugnado es igualar a la baja, tabla rasa, mediocridad y café para todos, huyendo de una cultura del esfuerzo, el mérito y la excelencia y siempre ávido de apuntarse el salario mínimo, el escudo social y la renta mínima.

Sin esperar a lo que depare el futuro, a partir del 1 de mayo habrá 21 millones de ciudadanos cobrando del erario público (desempleados, trabajadores afectados por los ERTE, funcionarios y jubilados). Con lo cual, a nadie debe extrañar que el gobierno necesite colocar este año 300.000 millones de deuda en los mercados. Ese panorama, combinado con la amenaza a 45 millones de españoles de perder la salud o la vida y quedarse sin empleo, sin ingresos y sin patrimonio.

Proust es conocido por haber motivado un interés particular de la ciencia en el estudio de los "recuerdos involuntarios", aquellos que sin proponérnoslo son evocados después de experimentar estímulos al azar. Y aquí, el recuerdo proustiano, difícil ya de enterrar, son los errores que se han ido cometiendo desde que empezó todo, al tratar de compensar la falta de previsión y la negligencia con la severidad.

Se tardó en decretar el estado de alarma; se improvisó en la compra de material; se desprotegió a los sanitarios; se adquirieron partidas defectuosas; se miró hacia otro lado con los enhebres de los intermediarios; se dieron bandazos con las mascarillas; se cometieron omisiones en el cómputo de víctimas; se ha tardado en iniciar el estudio epidemiológico; se cambiaron los criterios sobre la salida de los niños y no hay una hoja de ruta clara para volver a la actividad.

Dando jabón al sistema nacional de salud, la joya del Estado de Bienestar, no se van a solucionar los déficits estructurales. Tampoco, blindando la sanidad pública en la Constitución, como pretende la izquierda.

Para emprender con garantías la desescalada son precisas varias premisas: que el sistema sanitario esté suficientemente liberado y preparado para otra ola en forma de epidemia; la implantación de una estricta vigilancia; la puesta en marcha de mecanismos de identificación precoz y la implementación de medidas de protección colectiva.

La obra de Proust es una narración de sensaciones que eleva el detalle de las sensaciones cotidianas a la máxima expresión, con una -casi- hedonista descripción de sensaciones, como la "magdalena de Proust", en la que uno de los personajes literarios del escritor, cierto día, abrumado por la tristeza, prueba una magdalena mojada en té y es repentinamente transportado a los veranos de su infancia en Combray, una aldea al noroeste de Francia. También lo emplea a la hora de describir sentimientos, como en el beso a Albertina.

Las magdalenas de "la nueva normalidad": coquetas aulas universitarias; aviones y aeropuertos con salidas y llegadas; estaciones de tren de cercanías; los festivos chiringuitos; fieles librerías; coliseos deportivos; guateques; celebraciones en Cibeles, Neptuno y Canaletas; disfraces de carnavales; apiñadas cafeterías y restaurantes, ferias de arte; cosos taurinos; romerías a la orilla de los ríos; maratones urbanos; fiestas en los pueblos; talanqueras y castellers.

Los abrazos, los besos y tantas emociones? hasta que aparezca la vacuna. En definitiva, la aglomeración de personas como seña de identidad de una forma de vivir.

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