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BARRACA Y TANGANA

Mi vida sin fútbol

Uno de los problemas de la vida coronavirus es que tenemos demasiado tiempo para pensar. En las noches que no avanzan y en los días que se atascan, tener tiempo para pensar es el origen de muchas desgracias. También uno de los pánicos recurrentes de muchos delanteros, que prefieren sentirse obligados a decidir en medio segundo, que frente al portero son mejores desde la intuición y la urgencia. Si están solos y rumian la jugada, si mastican si definir por bajo o por alto, con sutileza o con potencia, si regatear, chutar o pasar, si tienen margen para pensar todo eso, a menudo el juego los atropella y la ocasión pasa de largo.

Es algo que podríamos llamar síndrome Higuaín. Estos meses he tenido demasiado tiempo para pensar y eso no lleva a nada bueno: pensar qué he hecho con mi vida o qué he dejado de hacer con ella, pensar qué soy o qué podría haber sido, rescatar ridículos ocultos en antiguos archivadores de la memoria, que uno empieza repasando algún verano limpio, inocente y febril, y sin saber muy bien cómo acaba desvelado, sudando bajo el nórdico, envuelto en los recuerdos espinosos de aquellas tandas de penaltis que ganaron los del otro bando. Uno piensa por qué todo nos parece poco, por qué nada se antoja suficiente, por qué este vacío interior tan raro. Uno piensa tantas tonterías que llega a fantasear con una nueva vida, una sin wifi en medio del campo, incluso una vida sin fútbol, exagerando.

En esto debo decir que soy reincidente y con idéntico resultado. De Erasmus escribí una columna titulada como esta, Mi vida sin fútbol. Mi equipo jugaba en Lorca y el plan era quedarme en el cuarto sufriendo a solas y escuchando el partido por la radio, pero me dijeron de pasar la tarde en el lago y bueno, por qué no, asomaba la primavera con las vitaminas y los milagros.

En el lago teníamos tres mantas y un mantel, dulces suecos y un termo de café y sobre el césped nos numerábamos los dedos de los pies. Las chicas sonreían y se ponían flores en el pelo. Alguien sacó una guitarra y por suerte la guardó pronto. Reunimos cervezas y pizzas, mayo nos regaló un agradable atardecer tostado, y charlamos de nuestras clases, de nuestros países, de nuestras lecturas y conciertos, tan asquerosamente jóvenes, guapos y despreocupados.

Volvimos a la residencia, al anochecer, y subimos al tejado. Alguien sacó una botella de vino y por suerte la repuso pronto. Se estaba bien, se estaba perfecto. Tumbados boca arriba inventamos constelaciones y dibujamos nuestras vidas futuras como quien abre regalos. Recuerdo pensar algo así como 'captura este momento y guárdalo', que la vida no será siempre así, que lo pensaba mucho también cuando mi novia se me ponía encima en la cama, se quitaba la camiseta y yo estaba convencido de que eso no podía salirme gratis, que algún día pagaría un castigo por ello sin dudarlo.

En eso pensaba en aquel tejado mientras los demás, adormecidos, se iban callando. Entonces me levanté con cuidado, salté del tejado a la cocina y de ahí a mi cuarto. Encendí el ordenador y esperé nervioso a que cargara la página con los resultados: mi equipo había ganado. En caso contrario, el día entero, el día ideal, se habría estropeado.

¿Mi vida sin fútbol? Pensamos demasiado.

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