Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

OBSERVATORIO

Las palabras en la desescalada

Las palabras, como los virus, también mutan, y, como los virus, pueden contener una enorme carga potencial de consecuencias imprevisibles, hasta devastadoras; por eso, es aconsejable indagar sobre los motivos de las mutaciones que en ellas se producen (espontáneos o por manipulación) para evitar o mitigar sus posibles efectos nocivos. Medidas terapéuticas o paliativas, para el caso de los virus; con las palabras, por su propia naturaleza social -no biológica- es preciso proceder de otra manera.

Por lo pronto, hay que tener presente que las palabras son entidades dinámicas con una capacidad significativa que muchas veces nos cuesta imaginar; aunque es más cómodo considerarlas inertes, como están en las páginas de los diccionarios, y por eso nos resistimos a admitir cualquier uso (forma o significado) que no esté registrado en los repertorios léxicos. Para el hablante común no suele ser preocupación principal la mutabilidad de la lengua, para él, la situación ideal es creerla completamente estable: ignora, claro, que solo son estables, absolutamente inmutables, las lenguas muertas (el latín, por ejemplo, es una lengua que ya no va a experimentar más cambios). Basta con que consideremos el español en que escribió el anónimo autor del Cantar de Mío Cid para observar de inmediato las profundas diferencias, en todos los niveles lingüísticos ("burgeses e burgesas, por las finiestras soné, / plorando de los ojos, tanto avien el dolore"). Así, pues, por más que nos resistamos a los cambios -sí podemos tratar de ralentizarlos-, la lengua evoluciona, y no andan bien orientados quienes los interpretan como síntomas de degradación, pues se sorprenderían al descubrir, por ejemplo, que cocodrilo y murciélago son formas "degeneradas" (mejor, evolucionadas) de crocodilo y murciégalo, hoy consideradas vulgares.

Desaparecen realidades y con ellas las palabras que las designaban; del mismo modo que aparecen otras nuevas para significar los nuevos conceptos. No son muchos hoy quienes conocen el significado de adarga, ristre o yelmo (tan cervantinas ellas), aunque sí que están muy familiarizados con las más prosaicas, por menos literarias, clicar, contáiner o posverdad. "La lengua es como una piel que recubre el cuerpo social y se estira y encoge siguiendo sus mudanzas", ha escrito Rosa Montero. Y nada más ilustrativo para observar su extraordinario dinamismo que comprobar cómo discurre en circunstancias sociales más o menos críticas. Y esta de la pandemia realmente lo es.

Ha sido el patógeno SARS-CoV-2 el tipo de coronavirus, origen de la pandemia, que ha dado lugar al covid-19, y todas estas denominaciones ya forman parte de una terminología científica que en poco tiempo se ha ido generalizando produciendo cambios significativos importantes; considérese que los términos científicos suelen restringir su uso a los límites de sus respectivas disciplinas. De este modo, coronavirus, que es una familia de virus, ha pasado de poseer este genérico valor a designar, específicamente, a la "enfermedad por coronavirus", que es la causada por el patógeno antes citado. Enfermedad que se conoce con el nombre científico de COVID-19, acrónimo formado a partir de su denominación en inglés: COronaVIrus Disease 2019). Tan frecuente es ya su nombre, que podríamos lexicalizar el acrónimo en la sencilla forma de covid-19.

El virus avanzó y cumplió con su fatídica función; la enfermedad progresó y escaló puestos en la curva epidemiológica hasta llegar al punto más alto de los contagios (el pico), a partir del cual se inició el descenso. Se adoptaron medidas drásticas: una cuarentena, que esta vez se denominó confinamiento; se despojó a la voz de su primigenio sentido punitivo ("Pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio") para adoptar una acepción propia del ámbito sanitario: "Aislamiento preventivo a que se somete por razones sanitarias a una colectividad, durante un período de tiempo".

Tras el cambio de dirección de la curva, el descenso de los contagios, favorecido por las medidas orientadas a frenar la propagación del virus, se inició el proceso de desescalada, que, junto a otras medidas, tendentes a la recuperación económica, nos va conduciendo -así se anuncia- hacia una nueva cotidianeidad, a una realidad social con peculiaridades diferentes a la hasta ahora vivida, una nueva normalidad, como ya se ha empezado a denominar el final de este proceso.

En este periodo hemos asistido, también, a la revitalización de palabras instaladas desde hace tiempo en nuestro idioma, como pandemia o letalidad, y otras con baja frecuencia de uso revividas por mor del covid-19: anosmia ("Pérdida completa del olfato"), que se generalizó por tratarse de uno de los posibles síntomas de la enfermedad; y conviviente ("Cada una de las personas con quienes comúnmente se vive") que adquirió de nuevo vigencia a raíz de las normas de movilidad contenidas en el real decreto de alarma y en otras normas reguladoras posteriores. Interesante, también desde el punto de vista lingüístico, es el caso de la voz hisopo, que además de referirse a un tipo de planta olorosa, o de un manojo de ramas utilizado para esparcir agua bendita, por una relación metafórica, pasó a designar al utensilio que se utiliza en las iglesias con la misma finalidad. En el ámbito médico significa "instrumento en forma de bastoncito utilizado para recoger muestras para su posterior estudio y determinar qué germen afecta a una infección".

Los acrónimos EPI (Equipo de protección individual), ERTE (Expediente de regulación temporal de empleo) y PCR (Polimerase Chain Reaction, Reacción en cadena de la polimerasa) han alcanzado también una elevada frecuencia de uso.

Se han generalizado conceptos epidemiológicos, circunscritos hasta ahora a ámbitos especializados, como "confinamiento inteligente" (el confinamiento basado en recomendaciones y propuestas de cuyo cumplimiento se responsabiliza cada persona); "distanciamiento social" (mantenimiento de una distancia adecuada para frenar la propagación de una enfermedad contagiosa), o "inmunidad de rebaño" (medida epidemiológica cuyo fundamento reside en la conveniencia -discutible- de que para favorecer la inmunidad es bueno que resulte infectado un número notable de personas). También hemos sabido del "síndrome de la cabaña", que es el estado de cierto temor por salir a la calle y contactar con otras personas tras un largo periodo de confinamiento o de una cuarentena.

La variación dialectal, dado el carácter global de la pandemia, se ha visto reflejada con la presencia, en medios de comunicación americanos, de las distintas denominaciones para la realidad "máscara que cubre la boca y la nariz para proteger al que respira, o a quien está en su proximidad, de posibles agentes patógenos o tóxicos": mascarilla, mayoritariamente en España; tapaboca, denominación muy extendida por el Caribe continental y en Río de la Plata; barbijo, en la zona andina y en Río de la Plata también; y nasobuco en Cuba. Cambuj es voz que registra el Diccionario académico ("mascarilla o antifaz", define), aunque su vitalidad y frecuencia de uso es bastante baja.

Y si en la escalada se favoreció la formación de ingeniosas voces creadas para hacer referencia a realidades o conceptos circunstanciales, como son los casos de coronabulo, coronabono, coronacionalismo, infodemia, covidiota, coronaburro, cuarempena, confitamiento, balconazis?, ahora en el proceso de desescalada muchas de ellas tenderán a desaparecer; su supervivencia es muy poco probable.

Pero las palabras no son inocentes, y ya sabemos que además de su significado propio, recto o denotativo, pueden venir acompañadas de valores secundarios, expresivos o apelativos, que, en el ámbito lingüístico, se denominan connotaciones. No es de extrañar, pues, que en estos momentos en que se entrecruzan crisis sanitaria y disputas políticas las palabras empiecen a ser portadoras, para algunos, de connotaciones ideológicas orientadas a tergiversar la realidad: ocultándola, suavizándola, o presentándola de modo interesado en beneficio de intereses partidistas, tal es el poder de la palabra: "Un adjetivo o un verbo -ha escrito Tomás Eloy Martínez- suelen contener más energía que un átomo de uranio, y eso se sabe solo cuando estallan". Por esas razones se ha hablado mucho del intencionado discurso belicista para hablar de la pandemia; de lo poco oportuno de la voz desescalada, que algunos han considerado un uso eufemístico, o del oxímoron que contiene el sintagma nueva normalidad.

Pero de estos asuntos trataremos en un próximo artículo.

Compartir el artículo

stats