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OPINIÓN

Hoteles públicos que deben estar abiertos

Una de las cosas que más se echa de menos de los gobiernos en estos días de coronavirus es la falta de ejemplo que dan. No tengo una tesis sobre si la culpa de todo lo que nos está pasando es individual o colectiva, si es de unos, o es de todos o si unos tienen más culpa que otros. No me refiero al Covid-19 en sí, sino a lo que conlleva, y concretamente a la crisis económica que ya nos ha sacudido de la manera más cruel que podría hacerlo, arrancándonos lo mejor de nuestra economía: el turismo. Lo único que tengo es mi experiencia personal que surge de mis propias vivencias y de la conversación con otros.

Solo sé que hay muchas acciones que los gobiernos (no solo el central, sino los cabildos, ayuntamientos y comunidades autónomas) no están realizando y podrían hacer. Quizás podríamos pensar que en este caso estamos ante un ¿elogio de la lentitud? Podría ser, pero este país no necesita lentitud, necesita cabezas pensantes que actúen con la velocidad requerida en cada caso. Sobre esto, sobre la velocidad perdida podríamos poner miles de ejemplos, pero este artículo tiene que versar sobre arquitectura, y por eso me voy a centrar en un asunto muy concreto: el por qué siguen cerrados el hotel Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria y el hotel Mencey en Santa Cruz de Tenerife.

Estos dos hoteles no son como los demás. No nacieron solo para el turismo. Y son hoteles de propiedad pública. Mientras el hotel Santa Catalina pertenece al Ayuntamiento (aunque lo gestione Barceló), el Hotel Mencey pertenece al Cabildo de Tenerife (aunque lo gestione Iberostar).

Son hoteles que nacieron con vocación de servicio público, con vocación de construir país, con vocación de ayudar a Canarias a salir adelante en momentos tan difíciles como este. Pero ahora están cerrados, cuando son los primeros que tendrían que abrir porque esa vocación de servicio público, ese pertenecer a todos, debería marcarles un deber: el deber de ser ejemplares. No solo son hoteles turísticos, son hoteles de negocio y emblemas culturales.

Estos dos hoteles, ambos diseñados por grandes arquitectos, el Santa Catalina por Miguel Martín-Fernández de la Torre, que incluyó las ideas de su hermano, el pintor Néstor, y que respetó la idea volumétrica y de planta de MacLaren manteniendo, por tanto, el estilo colonial inglés del hotel que originalmente se situó en el mismo lugar. Ahora está muy bien rehabilitado y por unos pocos meses pudimos disfrutar de nuevo de sus obras de arte, sus pasillos inmensos, sus deliciosos jardines y balcones y esa sensación de sentirte parte de la historia cuando te quedas allí.

Por su parte, el hotel Mencey es obra del arquitecto Enrique Rumeu de Armas. Añoro llegar al hall y reencontrarme con las columnas, las escaleras, las barandillas de hierro de las escaleras, el patio interior y el jardín exterior donde tantas cosas importantes han ocurrido en mi vida y en la de casi todos los que vivimos en Santa Cruz de Tenerife, que como exploradores nos hemos adentrado en bodas, actos, cenas, almuerzos, y nos hemos perdido un instante en sus jardines y paseos elegantes. Un hotel que hoy mantiene el sabor de un gran hotel clásico y la impecabilidad de una modernización muy cuidadosa llevada a cabo por los arquitectos Corona y Amaral, Gutiérrez y Martínez.

El caso es que ya podrían estar abiertos pero no lo están. Y deberían, tan solo por el simple hecho de que son públicos, de que los hemos pagado entre todos como sociedad y de que son mucho más que un hotel turístico. ¿Es más cómodo tenerlos cerrados hasta el 1 de junio, hasta que pasemos a otra fase, hasta que vengan más aviones? Me parece una decisión de una conformidad nociva, una decisión que no construye país sino que ayuda a ahondar en su destrucción, que no comprende que el tiempo es una herramienta importante con la que actuar en una crisis. ¿Que es difícil?, ya lo sé, pero ¿qué no es difícil en este momento? Pensemos en una de las frases famosas de Kennedy: "La dificultad es una excusa que la historia nunca acepta".

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