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TROPEZONES

La venganza del pangolín

El pangolín (del malayo "peng-guling", "el que se enrolla") es un animalito del tamaño de un gato cuya variante china ostenta un nombre más serio:"manis pentadactyla", por su caracte- rística más notable, la de poseer cinco dedos, como los humanos. Siendo una criatura entrañable, nada agresiva, podría fácilmente convertirse en la mascota de cualquier hogar, como un koala o un panda. Lo que juega en su contra, además de sus costumbres nocturnas, es su herencia prehistórica, un manto de recias escamas que cubre todo su alargado cuerpo. Como los humanos, también es capaz de convertirse en bípedo erguiéndose sobre sus patas traseras para otear el horizonte, como los simpáticos suricatos.

De carácter tímido no precisa esforzarse en demasía para capturar a sus presas: con una larga lengua que dispara por su puntiagudo hocico al interior de los hormigueros garantiza su sustento de termitas y otros insectos. Y para defenderse de sus depredadores se limita a enrollarse, ocultando su cara bajo la cola, formando un ovillo inexpugnable, con las afiladas escamas enhiestas, desanimando a cualquier enemigo.

¿Y siendo así, cabría preguntarse si tan simpático bicho, con tan ecológicas costumbres y tan inofensiva condición disfruta de la lógica protección del hombre?

Pues todo lo contrario, es codiciado por los humanos tanto por su carne como por sus escamas. A pesar de correr en muchos lugares peligro de extinción y de estar penado su consumo, un guiso de suculento pangolín, inequívoca señal de status y de poder, siempre estará al alcance de unos pocos snobs privilegiados. Y lo que más se valora de la pobre criatura son precisamente sus escamas. Aunque son pura queratina, sin valor alimenticio ni profiláctico alguno, la medicina tradicional china le atribuye desde tiempo inmemorial al polvo de sus escamas virtudes curativas de todo lo imaginable, desde la artritis hasta la cefalea. Esta atávica superstición recuerda un poco la imaginaria eficacia afrodisíaca atribuida al cuerno de rinoceronte. Aunque con un animalito manso y lento como el pangolín, no es preciso dominar la caza mayor para agenciarse su piel de escamas. ¡Cuyo presunto efecto curativo, para qué negarlo, lo podrían conseguir igualmente estos ilusos adictos mordiéndose sus propias uñas!

Cuando se declaró la epidemia del corona virus en Wuhan se desató una caza de busca y captura del primer afectado, el llamado "paciente cero", para localizar la procedencia de la infección y el recorrido del contagio.

Hasta cerrarse el cerco sobre un ciudadano chino que parecía haberse infectado al ingerir presumiblemente carne de pangolín.

Pues yo creo que están muy equivocados. El paciente cero fue el propio pangolín, que al ser sacrificado y posteriormente servido a la mesa, inoculó a sus verdugos el virus que sin saberlo llevaba dentro, inocuo para él mismo pero mortífero para los comensales.

Consumándose así una venganza tan involuntaria como devastadora.

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