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El ruido y la furia

Libros viejos

De Bernabé Fernández-Canivell, que entre otras cosas fue impresor en las trincheras de la Guerra Civil junto a Manuel Altolaguirre y Juan Gil-Albert, se cuenta que trasladó una biblioteca de varios miles de volúmenes en un pequeño canasto de mimbre, todo para asegurarse de que ningún libro, especialmente los de edad más avanzada, sufriese daño. Ahora que parece que anda sobrando todo lo viejo, no sé por qué, de repente, me he acordado de esa tierna historia de libros, que también se hacen viejos porque, como los perros, están al borde de ser humanos. Mi maestro Manolo Alcántara los llamaba "mi familia numerosa". Mis viejos libros (con el adjetivo antepuesto) me vienen acompañando desde siempre, desde que a los ocho años compré de mi peculio el primero (ya tenía algunos, pero habían sido regalos), hasta los últimos en llegar.

La diferencia entre "viejos libros" y "libros viejos" es emocional. Son tus "viejos libros" por eso, porque son tuyos, porque han vivido tu vida, te han acompañado, son parte de tu familia. Para cualquier otro serán "libros viejos", y solo tendrán el valor del peso del papel o alguno más añadido porque el escritor amigo puso una breve dedicatoria.

Mientras están contigo acompañan mucho y pocas cosas exigen para estar contentos. Es cierto que les molestan los lugares de la casa donde se reciben visitas, que se discuta en su presencia sobre el menú de la semana y que les quiten el polvo de malas maneras. Pero, sobre todo, a los libros les humilla que nos quedemos dormidos junto a ellos. Sufren mucho los que viven el largo ostracismo de la mesita de noche, casi tanto como los que van a parar al asilo de las librerías de segunda mano o directamente a la desintegración.

Yo he comprado mucho, como quien paga el rescate de un condenado, en las que antes se llamaban "librerías de lance" (que es un nombre bellísimo pero cruel), y en esos libros usados, vividos, he encontrado, como en aquel cuento de Pereira, "señas de identidad enigmáticas, el nombre de su dueño o de varios dueños sucesivos, facturas de restaurantes o viejos billetes de tren que quedan entre las hojas".

Yo también he ido dejando por mis viejos libros "señas de identidad enigmáticas" para que si un día pasan a la terrible condición de "libros viejos", alguien se haga cábalas, como me he hecho yo tantas veces, sobre quién sería ese tipo que guardó una entrada de un concierto de Dylan, un billete de avión, o la foto de una muchacha que sonríe dulcemente.

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