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PAPEL VEGETAL

Los nuevos guerracivilistas

Asco" es la palabra que utilizaba el otro día una colega columnista para describir la sensación que le producía la actuación de algunos políticos de nuestra derecha más rabiosa en esta pandemia.

Muchas de las declaraciones que salen de sus bocas, muchos de los mensajes que escriben en sus teléfonos móviles no se compadecen mínimamente con el nivel de respeto y tolerancia del adversario que deberían caracterizar el debate democrá-tico.

Hay un clima de crispación política que incluso se ha trasladado a la calle por culpa de los bulos que circulan por las redes sociales, la manipulación de ciertos medios y la irresponsabilidad de tertulianos dados más a la vociferación y al insulto que a la reflexión.

¿Qué pensar de noticias como la de ese ex militar que se dedicaba a pruebas de tiro, utilizando como blanco fotos de miembros del actual Gobierno de izquierdas, que le recuerdan a uno aquella frase de "Tarancón, al paredón" de nuestra primera transición.

Están cultivando una especie de nuevo y peligroso "guerracivilismo" algunos de esos dirigentes de nuestra derecha, incapaces, a todas luces de reconocer la legitimidad de un Gobierno que desde el primer día no soportan y al que no dan tregua.

Es fácil sospechar de qué parte se habrían puesto algunos de ellos en nuestra guerra civil, de haber tenido la desgracia de vivirla, por mucho que ahora, a burro muerto, califiquen el franquismo de "dictadura" y vayan presumiendo por ahí de "liberales" y "demócratas".

Si al final se consiguió sacar, como quería la izquierda, el cadáver del "caudillo" de la lóbrega basílica de Cuelgamuros, mucho más difícil está siendo sacar de las cabezas de muchos lo que significó aquel régimen.

¿Cómo explicar de otro modo declaraciones como las del presidente de una universidad católica según las cuales "las izquierdas van a convertir a España en un infierno porque ellos están en el infierno y el demonio les ha robado el alma".

Mucho más grave, sin embargo, que tan estrambóticas declaraciones, por sus consecuencias reales para el país, es que nuestra derecha trate de aprovechar sus contactos en Bruselas para criticar al Gobierno y animar a sus correligionarios conservadores y liberales del norte a poner condiciones a las ayudas que se den a España.

¿Qué condiciones? ¿La de que el Gobierno renuncie, por ejemplo, a revisar una reforma laboral que ha servido sobre todo para aumentar la precariedad laboral y la indefensión de los trabajadores? ¿O que no se toque para nada una fiscalidad, que se pretende hacer más justa y progresiva?

¿Se trata acaso de asfixiar a este Gobierno de igual modo que desde Frankfurt y Bruselas se dobló en su día el brazo a la Syriza de Alexis Tsipras porque en esta Europa neoliberal que hemos construido no puede haber sitio para una izquierda que no se avergüence de su nombre?

¿Habrá que recordar lo que ocurrió en la anterior crisis económica-financiera? ¿No se rescató entonces a la banca con miles de millones de dinero público que aún se nos ha devuelto ni se nos devolverá? ¿No se hizo todo eso con el visto bueno de quienes quieren ahora poner condiciones?

¿Qué lecciones de austeridad pretenden darnos quienes, como la siempre egoísta Holanda, han hecho de sus países paraísos fiscales que permiten a las grandes multinacionales, incluidas las tecnológicas norteamericanas, evadir impuestos por sus ganancias en Europa? ¿Es ése el tipo de apoyo que busca nuestra derecha?

Las únicas condiciones que podríamos y deberíamos aceptar serían que las ayudas que finalmente recibamos de Bruselas se utilizaran aquí para seguir un nuevo modelo de desarrollo más solidario, justo y respetuoso con el planeta. Pero no parece ser eso es lo que algunos buscan.

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