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ESCRITOS ANTIVÍRICOS

La postnormalidad

Como si no tuviera suficiente con la inflación del uso del masculino y del femenino para referirse a ambos sexos y así evitar, por supuestamente machista, el uso del masculino para referirse a ambos sexos conjuntamente, el liberado a medias se da de bruces contra "la nueva normalidad", una terminología que le resulta deslucida y con la que se pretende describir los tiempos que se avecinan tras la desescalada y el levantamiento del estado de alarma. Ambas imposiciones lingüísticas, políticamente correctas hasta decir basta, lo incomodan.

El liberado a medias nada tiene en contra de la promoción del lenguaje inclusivo, al contrario, procura utilizarlo allí donde sea menester y escoge "el ser humano", "la humanidad" o "la persona" en lugar de "el hombre"; "el estudiantado" en lugar de "los estudiantes"; "el alumnado" en lugar de "los alumnos"; "la corte" en lugar de "los cortesanos". No obstante, el liberado a medias no considera bueno que haya que decir sustantivos masculino y femenino sin ton ni son y menos cuando el lenguaje ya había solventado satisfactoriamente ese asunto. Porque, puestos en tal tesitura, si se utiliza el sustantivo masculino y después el femenino, alguien podrá decir que no es suficiente y que además de utilizar los dos habrá que invertir el orden, hacer discriminación positiva y utilizar primero el sustantivo femenino y después el masculino. En tal caso habrá que ser coherente y acompañarlos de sus respectivos adjetivos femenino y masculino, si no, la pretendida justicia de género, quedaría incompleta. Y, claro, todo se complicaría hasta el ridículo: "las gatas y los gatos atigradas y atigrados?", "las políticas y los políticos atildadas y atildados?", "las estudiantas y los estudiantes entusiasmadas y entusiasmados?".

A favor del lenguaje inclusivo, pero en contra de esa alambicada corrección política que pretende cambiar la realidad violentando el idioma hasta convertirlo en una herramienta cicatera y torpe, el liberado a medias cree que sería mejor hacer el esfuerzo de cambiar la realidad para que el lenguaje, tan elástico él, se adapte a ella. Piensa el liberado a medias en cómo ha cambiado la palabra "médico", que hace cincuenta años estaba asociada a un señor venerable y que ahora está asociada indistintamente a un señor o a una señora que se han preparado académica y clínicamente para cuidar de la salud de la gente, o en la palabra "taxista", que hace cincuenta años no podía ni imaginarse que se refiriera a una mujer, como "abogado", o "ingeniero". A fuerza de cambiar la realidad, y no el lenguaje, algún día "la presidente" de España pondrá los puntos sobre las íes, conversará con "la taxista" de camino al Congreso de los Diputados y dispondrá de las mejores ingenieros, economistas y abogados a su servicio.

El liberado a medias piensa en estas cosas del lenguaje y de la política y, como está en vena, se adentra en el mundo que se avecina para trazar una analogía entre el membrete con el que lo han bautizado, "la nueva normalidad", y ese uso machacón del masculino y del femenino que él considera impostado y fraudulento. En ambos casos las palabras responden al común impulso de hacer que las palabras modifiquen la realidad en lugar de al más exigente esfuerzo por que sea la realidad la que modifique el sentido de las palabras. Y mientras tanta exquisita corrección domina la política lingüística del espacio público y de los medios audiovisuales de comunicación, la brecha salarial de hombres y mujeres, malpagados ellos y muy malpagadas ellas, sigue inamovible, y la situación extraña de llevar mascarillas y de no poder besar con tranquilidad a "padres y madres ancianos y ancianas" (sic) acabará considerándose "normal". Las palabras habrán vencido a la realidad, y lo que no es normal ni justo será llamado normal y justo.

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