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PIEDRA LUNAR

Alonso Quesada en Triana 2020

El alisio se ha presentado de manera puntual como cada mes de junio y ha dejado a la ciudad sumergida en la bendita panza de burro. Del frente de nubes que se acumuló en los siete volcanes de La Isleta, se desprendió una rama algodonosa que el viento empujó suavemente por la costa este de la ciudad, Alcaravaneras y Arenales adelante, llegó hasta San Telmo y se quedó enredada en la Espiral del Viento, sugerente escultura de Chirino erguida en la puerta norte de Triana. Aquí se quedó, como si fuera un tejido de seda, y adquirió la forma de una enorme y original mascarilla, emulando a la que llevamos una gran parte de los ciudadanos cuando salimos a la calle en esta fase de la pandemia. Podríamos decir que hasta esta ciudad atlántica, nacida al borde del salitre, ha querido cumplir con la preservación sanitaria marcada por los gobiernos que dicen que nos gobiernan.

El espectro de don Rafael Romero, convertido en Alonso Quesada, no ha querido perderse el espectáculo, y, raudo, salió a la calle para tomar nota de lo que estaba sucediendo. Quería incrementar sus Crónicas de la ciudad y la noche que tan lúcidamente fue escribiendo en la prensa local a lo largo de las dos décadas iniciales del siglo pasado. A pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento en 1925, su perfil, aun llevando colocada la mascarilla que le bordaron sus hermanas, es inconfundible. Alto, de espalda estrecha, nariz y barbilla angulosas, orejas al viento, elegancia en el vestir y finura en el caminar? Es decir, un inglés en toda regla, para cumplir con el papel asignado en su oficina anglosajona.

Don Alonso decidió darse un garbeo por Triana, antes de que cayera la noche del día lunes, tras el fin del confinamiento ciudadano. Pudo reconocer a un personaje, de baja estatura y algo rechoncho, que le pareció que fuera el párroco de San Telmo, y que escapaba por la calle Matula en dirección a La Marina.

Siguió adelante y observó que dos enmascarados cruzaron como alma que lleva el diablo el epicentro de la calle Mayor. Triana a esa hora parecía un gran salón versallesco, sin la presencia de viandantes. No obstante, de vez en vez, aparecían y se esfumaban siluetas de personajes irreconocibles debido a que sus rostros se ocultaban tras un bozal que estaba prendido de cada una de las orejas. Algunas de estas máscaras eran uniformes, de color celeste, como si hubieran sido adquiridas en una de las oficinas de farmacias del barrio. Sin embargo, una parte de la ciudadanía había empezado a aplicar su imaginación creativa, y la tela cubridora ofrecía una variedad de tonos y estampados que eran el espejo de cada una de las almas que habitaban bajo la piel de aquellos seres espectrales.

Triana era como si fuera un escenario de ópera pero sin figurantes. La luz mortecina de las farolas aumentaba la atmósfera de misterio pandémico que había ocupado la mayor urbe de este archipiélago y casi todas las del universo mundo. Don Alonso caminaba y caminaba, y tuvo la sensación de que estaba en una ciudad distinta a la que él conocía. Los personajes se iban desgajando de los edificios, y, como si fueran ratas asustadas, salían de los zaguanes y huían por las calles adyacentes en busca de refugio en sus respectivas madrigueras. Ni una voz ni un gesto ni un "buenas noches" de cortesía. Nada de nada. Vacío sobre vacío.

Don Alonso decidió volver a la siguiente mañana para comprobar el pulso de la ciudad a la luz del sol. Atrás quedó la máscara de la Espiral del Viento, y, en su camino, pronto pudo reconocer, a pesar de ir enmascarado, a un personaje que parecía un poeta ya que entre sus manos llevaba un manojo de libracos que ofrecía sin pudor a los viandantes. El supuesto vate era corpulento, y como dato anotó que de su mentón afloraba una barba canosa. Luego se encontró con una mujer, cuyas faldas denotaban la clase social de pertenencia, y que de seguro tendría un cutis reluciente, que no podía exhibir ante la ciudadanía. Tanto esfuerzo mañanero ante el espejo, pintura aquí maquillaje por allá, para pronto ocultar el trabajado rostro tras la mascarilla.

Sus pasos lo llevaron hasta un remolino de ciudadanos que se agolpaba en la confluencia de las calles Malteses con Cano. Ante su curiosidad, una señora mirona le dijo que el tumulto se había formado porque en las inmediaciones estaban sus Majestades los Reyes de España. Don Alonso comprobó que un señor espigado, al que no llegó a reconocer por su propia pericia, saludaba a un ciudadano con el codo, haciendo una inclinación corporal como si ambos estuvieran practicando el tan canario juego del palo. Don Alonso concluyó que la mascarilla nos iguala a todos, estableciendo un nivel de anonimato que aplana cualquier jerarquía social.

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