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TESTIGO DE CALLE

Pablo Neruda se baja del barco en Tenerife

En los años en que aún el avión no había derrotado a los barcos los principales periódicos canarios le dedicaban al tráfico marítimo un espacio que ahora parecería inusitado, y no porque pasen menos barcos, sino porque ahora no parece tan interesante esperar que en los trasatlánticos venga gente que no pueda venir en los aviones.

Durante esos años, hasta los ochenta, en que el tráfico marítimo generaba intereses distintos a las estadísticas, tanto LA PROVINCIA como El Día tenían periodistas especializados en la materia, que no sólo contaban qué barcos iban o venían sino que estaban atentos a quienes viajaban en ellos, cuando éstos eran de interés general. Al frente de la sección de El Día (El puerto es lo primero) estaba Juan Antonio Padrón Albornoz, una enciclopedia del género, que escribía sentado sobre su pierna derecha, con sus gafas de gran miope, vestido siempre con corbata y camisa blanca, y, en LA PROVINCIA, Juan Francisco Fonte llevaba (¡y lleva!) sin descanso su Desde mi noray, ilustrado, cómo no, por ese noray que parece una escultura marina de Martín Chirino, cuyo padre, por cierto, trabajó en los barcos.

Esa relación con los barcos les deparó a esos queridos compañeros y a los periodistas que trabajábamos con ellos, un acceso privilegiado a los consignatarios, y viceversa. Así que con frecuencia no sólo alertaban de la llegada de los grandes transatlánticos o de barcos de procedencia entonces exótica, como la URSS o Cuba, sino de personalidades que podían ser de interés para secciones culturales o de otro tipo.

Uno de esos consignatarios nos avisó por esta época de 1970, hace cincuenta años, de que iba a tomar tierra el trasatlántico Cristoforo Colombo que procedía de Cannes y Barcelona y que desde aquí proseguiría a Valparaíso, en Santiago de Chile.

A bordo de ese barco viajaba Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura, embajador en París, que regresaba a su país para ayudar a Salvador Allende en la inmediata campaña electoral, que llevaría al ilustre médico a ejercer la presidencia en su país. Ya se sabe muy bien el drama que hubo luego, que acabó con la vida de Allende y que también sería el origen del empeoramiento de Neruda, que moriría semanas después del golpe del 11 de septiembre de 1973. La saña (que no la hazaña) de Pinochet fue cruel desde el primero hasta el último suspiro.

Pero, tres años antes, Neruda iba a pasar por Tenerife, y de eso, como me ha recordado ahora Jorge Dávila, atento al pasado, al presente y al futuro de la literatura que se hace o pasa por las islas, hace ya medio siglo. De esa escala de Neruda sólo se enteró EL DÍA, por las razones ya señaladas; y tuvo este cronista la fortuna de ser el que recibiera la confidencia.

Neruda tenía algunos amigos en la isla, con los que mantuvo correspondencia antes y durante la República; algunos de ellos colaboraron en su Caballo verde para la poesía y él también les ayudó en Gaceta de arte, la mítica revista que aquí dirigió, hasta que la guerra civil se la arrancó de las manos, Eduardo Westerdahl. Ante la llegada de este embajador de la poesía de Chile y del mundo, y amigo de los republicanos del arte isleño, decidimos avisar a Westerdahl, a Domingo Pérez Minik, a Pedro García Cabrera y a otros amigos de la revista del surrealismo canario. Para que la generación contemporánea de los que supimos de esta llegada de Neruda conociera al gran poeta nos pareció conveniente avisar también a algunos escritores o periodistas, entre los cuales estaban Fernando Delgado, Luis León Barreto o Julián Ayala, y algunos más que seguramente disculparán (o me mataran por ello) que no haga exhaustiva la lista.

Sabíamos que llegaría Neruda, que vendría con su mujer, Matilde Urrutia, y que harían una escala suficiente como para que nos concediera algún tiempo a los que íbamos a subir a bordo para saludar al entonces mayor poeta de la literatura en lengua española. Costó dar con él; y fue tal el nerviosismo con el que hicimos la búsqueda que incluso preguntábamos si era Neruda a algún viajero que no tenía ni el más mínimo parecido con el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada?

Hasta que, vestido como un diplomático de la marinería, con su pipa siempre a punto, acompañado de su mujer, que no fue la mujer de sus mejores versos, por cierto, y de amigos que harían el viaje hasta Chile, apareció el gran poeta. Sereno, con sus ojos achicados e irónicos, burlón pero de muy agradables prontos, nos recibió con la curiosidad que se merecen unos atrevidos muchachos que tienen, además, la osadía de requerirlo para que baje a tierra.

Él explicó que si bajaba al muelle, aunque fuera por unos minutos, estaría pisando tierra de Franco, y eso no podía hacerlo porque sería deshonrar la memoria de su amigo Federico, asesinado por los sicarios fascistas que acompañaron al dictador en su lucha contra la República? Entonces yo mismo le recordé a Neruda que unos días antes, con ocasión de su atraque en Barcelona, se le vio pasear por los alrededores del puerto, por las Atarazanas, precisamente, con su amigo Gabriel García Márquez, fotografía de cuyo encuentro había visto yo mismo en el diario TeleXpres que entonces se recibía habitualmente en el Colegio de Arquitectos de Canarias? Barcelona y Tenerife eran, ay, territorios de Franco, sobraba decirlo. Matilde Urrutia reaccionó ante esa evidencia, y con aquellos ojos que no conocen olvido le indicó al poeta que había cometido el error de mentir, y aunque ni uno ni otro dijeran nada fue obvio que el poeta decidió bajar.

Ya sabían que abajo estaban aquellos amigos con los que se carteó en años mejores, algunos de los cuales habían padecido aquí persecución y cárcel. El encuentro en el bar Atlántico fue maravilloso, una de las grandes alegrías de aquellos veteranos de la escritura y del arte de vanguardia en las islas, y Neruda y su mujer estuvieron con ellos como si no hubieran pasado el tiempo y la tragedia. Neruda y Matilde, por cierto, estuvieron alegres y solícitos, y comieron las arepas que quisieron para aquella cena que fue improvisada y feliz. Tres años más tarde? Bueno, ya se sabe qué pasó tres años más tarde, y qué dolor dejó en Chile, como aquí había dejado dolor la guerra que había ensombrecido la vida de los amigos que recibieron al viejo poeta como a un viejo amigo también de poesía y de lucha y de esperanza.

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