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Apuntes

Economía verde, políticos verdes... en fin

La pandemia está poniendo en su sitio nada más difícil de poner en su sitio... que el sentido común. Por fin se han descubierto algunas cosas que hace tiempo deberían haberse dado por corrientes: la economía verde y la economía digital, como principales prioridades políticas.

El discurso ya existía. Desde hace décadas la teoría se repetía sin parar. Era como una elegancia social. Quedaba bien. Nadie discutía, por ejemplo, que el Archipiélago debía apostar por la conservación del paisaje y por respetar los árboles y por eliminar los vertidos de aguas residuales en los barrancos y el litoral, y por instalar depuradoras, y por generalizar los paneles solares y los aerogeneradores... Pero mientras se decía una cosa, en la práctica se hacía la contraria.

Miren alrededor, con una pizca, sólo una pizca, de sentido crítico de la vida. Sigue la mierda corriendo por los barrancos y flotando en la costa, sigue la tala de árboles por motivos arbitrarios o razones extravagantes o por simple racismo vegetal; lugares vírgenes, como la playa de la Tejita en Tenerife, son ocupados por nuevas construcciones; las energías limpias como la solar y la eólica son boicoteadas como con aquél impuesto al sol inventado por el ministro Soria, uno de los políticos más inolvidables y esperemos que irrepetibles de Canarias y la Macaronesia...

Por fin el coronavirus, y las decisiones de emergencia tomadas según la aplicación de un modelo de intuición imaginativa basado en la prueba y el error, puro método científico, han desembocado en lo que parece que ya es irreversible: un nuevo paradigma que con inusitada rapidez en estos asuntos se está implementado vía BOE y hechos consumados.

Todo ello con un sorprendente consenso social, económico y político, aunque el PP tenga la tentación de mantenerse en la ortodoxia neoliberal sin darse cabal cuenta estratégica de que estos son tiempos de heterodoxia doctrinal. De poner los hechos por delante de las teorías, sobre todo cuando esos principios inamovibles'¡ ya han dado sobradas muestras de fracaso en las últimas crisis. O tempora o mores, decían los antiguos. Albert Einstein cogió el relevo filosófico al establecer que no se pueden esperar resultados distintos haciendo lo mismo.

Y Keynes, en su defensa del liberalismo, acusaba a los conservadores en su discurso de 1925 en la Escuela de Verano del Partido Liberal en Cambridge de haberse convertido en reaccionarios. Esta deriva se puede observar en las últimas décadas, pero quizás de manera espectacular en el Partido Republicano de los Estados Unidos trumpianos, que rima con trastornados.

En 1930, en una conferencia que pronunció en Madrid, Las posibilidades económicas de nuestros nietos, estableció que había dos tipos de pesimismo "que ahora hacen tanto ruido en el mundo: el pesimismo de los revolucionarios, que creen que las cosas están tan mal que no nos puede salvar más que un cambio violento, y el pesimismo de los reaccionarios que consideran tan precario el equilibrio de nuestra vida económica y social que piensan que no debemos correr el riesgo de hacer experimentos..."

Pues bien, la revolución verde y la revolución digital, perdida en las democracias la condición de violencia en el sentido antiguo... están aquí. Ya no son ni utopías que gritan en rincones lejanos ni experimentos peligrosos. No pueden explotar. Aseguran algunos astrofísicos que uno de los componentes fundamentales del nuevo orden verde, el Sol, efectivamente podrá estallar, pero dentro de unos cinco millones de años. Veremos.

Hace años que muchas entidades (en Gran Canaria, recuerdo la insistencia de la Fundación Universitaria) han venido recordando que digitalizar una empresa no es únicamente poner un ordenador. Lo mismo que digitalizar una Universidad no es ni lo uno, poner portátiles, ni que los profesores no den clase o se alejen más de los alumnos; ni que el teletrabajo llevado a la excentricidad manifiesta en la Administración, termine alejando al administrado del administrador.

Sin embargo, a pesar de las evidencias de los nuevos imperativos aún muchos políticos no han cambiado el chip, ni se han reseteado intelectualmente. Siguen ajenos al calentamiento global y a la subida del nivel del mar, autorizando nuevas urbanizaciones a pie de litoral, condenadas a margullar más pronto que tarde, sea en Las Teresitas, en La Tejita o en Maspalomas, etcétera; alcaldes y presidentes de Cabildos siguen jugando al pierde exigiendo más y más carreteras llenas de puentes y túneles, en vez de reorientar el urbanismo y dejar de ponerse tapones en la nariz para no olear una tierra y un mar convertidos pozo negro.

El Gobierno de la Nación ha apretado el acelerador con unas ayudas dentro del narco de la reconstrucción a las economías digital y verde de 50.000 millones de euros. Lo importante ahora es vigilar las puñaladas traperas, maledicencias y traspiés de boicoteadores disfrazados de asintomáticos.

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