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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Mano dura

No debe ser interpretado como un ejercicio de violencia, ni mucho menos. Ni tampoco como un despliegue policial y militar sin parangón que ponga en cuestión las libertades constitucionales. Mano dura es otra cosa. Las autoridades de la epidemia se quejan de que los rebrotes tienen que ver con un cierto ambiente de relajación entre la ciudadanía, y sobre todo de los adolescentes fiesteros. Y que nos veamos en la tesitura de volver a sentir el aliento del bicho en el cogote tiene que ver, además, con la parsimonia, por no decir contemporización, con la que actúan las autoridades locales, capaces de no vetar aglomeraciones y celebraciones para evitarse un disgusto. Partidos de fútbol, fiestas religiosas suspendidas, al igual que romerías masivas hasta el verano pasado, constituyen los principales gestos de rebeldía frente a la razón pandémica, donde los concentrados no aceptan -o les mueve más el fervor o la afición- las recomendaciones, aunque ello les suponga estar tentando a la muerte. Pero tampoco hay que pasar de largo con respecto a esas reuniones familiares donde la Covid-19, cobijada en el calor de la hermandad, acaba ampliando su círculo de contaminación. Todos tenemos ganas de que esto se convierta de una vez por todas en un mal sueño, pero la vía no es creer, pensar e imaginar que el coronavirus no existe. Una prueba de que es un enemigo feroz y astuto está en el funeral de Estado que se celebró en Madrid, un homenaje a los caídos en combate, en residencias de ancianos o simplemente atrapados por un contagio casual. Por todo ello, se agradece la mano dura, el cumplimiento estricto, el sometimiento a la higiene frente a la rentabilidad económica del negocio, la reducción de plazas para garantizar la seguridad, el distanciamiento debido entre las personas, la dictadura de la mascarilla... Se habla de la crisis como consecuencia de la enfermedad, de los restos del naufragio, pero se hace muy poco contra lo que sería la hecatombe real: un desprenderse a la ligera del miedo para alimentar con una multiplicación de rebrotes una bomba ingobernable. Mantener firme el timón del pavor es reponsabilidad de los gobiernos, que deben actuar contra los que, consciente o inconscientemente, quieren destruir la vida del resto con los descomunales efectos de sus actos. Pero la mano dura también debemos ejercitarla en nuestros entornos más cercanos, aunque corramos el riesgo de que nos partan la cara o nos insulten sin contemplación.

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