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OBSERVATORIO

Antístenes y mi abuelo

Antístenes, el fundador de la escuela cínica, defendía que el hombre sabio solo era aquel que sabía conducirse en la vida; aprender a gobernar nuestra existencia es la única sabiduría que debiera importarnos alcanzar. Los filósofos cínicos no hacían distinción alguna entre sabiduría y prudencia. Si es cierto, como afirmaba Aristóteles, que "todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber", también lo es que el conocimiento que no sirve para vivir bien, no sirve para nada. Si una filosofía no es útil para saber cómo afrontar las circunstancias negativas, o para gobernarse uno a sí mismo o para florecer como ser humano, carece de todo valor. Los cínicos aborrecían a los hombres sabios en palabras pero débiles en la acción, acumuladores de datos pero insensatos e imprudentes, eruditos en lo superfluo pero estúpidos en lo necesario. Diógenes, por ejemplo, se burlaba de los "sabios" que conocían las desgracias de Odiseo e ignoraban las suyas propias, de los músicos que dominaban un instrumento pero no sus impulsos, de los matemáticos que controlaban los movimientos de los cielos pero eran incapaces de moverse en la vida, y de los oradores que disertaban sobre una justicia que nunca practicaban.

¿De qué sirve amueblar la cabeza de ciencia si no se deja hueco alguno para el buen juicio?, ¿es virtuoso el hombre sabio que no sabe cómo ser un buen hombre?, ¿qué utilidad tiene una educación que llena la memoria pero deja vacíos el entendimiento, la conciencia y el corazón? ¿quién necesita saber lo que Platón o Aristóteles dijeron sobre un asunto si no es capaz de juzgarlo él mismo? De otro modo, corremos el peligro de terminar como aquel romano rico que gastó una fortuna en rodearse de hombres competentes en diferentes ciencias para que se pusiesen en su lugar cuando dialogaba con sus amigos. Ese pobre hombre terminó creyendo que el saber era suyo porque estaba en las cabezas de sus criados. De nada sirve llenarnos de las opiniones y de la ciencia de otros, si antes no las hacemos nuestras. La sabiduría que persiguieron los cínicos no fue la de hablar sobre un determinado tema, sino la de cómo llevar el timón de nuestras existencias.

Antístenes fue uno de los discípulos más queridos por Sócrates, de hecho, acompañó al maestro en sus últimos momentos y dialogó con él sobre la inmortalidad del alma, antes de que, el más bueno y justo de todos los hombres, ingiriese la cicuta que le sanó de una sociedad corrupta y le condujo al Hades donde sigue pensando libremente con los héroes y los sabios perecidos. La tranquilidad de ánimo y el humor con los que Sócrates vivió su muerte causaron tal impresión en Antístenes que, desde entonces, emuló su actitud filosófica en todas las circunstancias; y, desde ese día, encaró cada dificultad como una oportunidad para honrar la memoria de su maestro.

De Sócrates, Antístenes conservó la pasión por la ética, la búsqueda de la virtud, el amor a la verdad y la justicia, el ansia de libertad, la franqueza tanto en el hablar como en el vivir, la afilada ironía, la mordaz crítica a poderosos y corruptos, la vocación educadora, el buen talante, el rechazo a quienes anteponen los bienes materiales al cuidado del alma, la tranquilidad de ánimo ante los golpes de la fortuna y el gusto por el diálogo con el otro como ejercicio filosófico. Platón (amigo de tiranos, del poder y del lujo; de los oropeles y de la buena mesa; de la filosofía de academia y del argumento de autoridad), en cambio, conservó bastante menos del legado de Sócrates. Tras la muerte del maestro, Antístenes tomó un camino muy diferente, y en ocasiones antagónico, al de Platón: renunció a la riqueza, decidió no poseer nada más que la virtud, se unió a los hombres de clase trabajadora, vistió como ellos y les habló de tal manera que cualquiera, sin importar su condición, pudiera acceder a la filosofía, acusó de corruptos a los filósofos refinados que buscaban más la vida cómoda que la verdad, y despreció a aquel los cuyos discursos decían una cosa pero sus vidas otra bien distinta.

Antístenes tenía por seguro que todo lo que debe conocerse, puede ser conocido por el hombre sencillo. La verdad se encuentra más fácilmente en la forma de vivir de la persona íntegra que en los tratados académicos. Hay más sabiduría en las acciones del ciudadano honesto y el hombre de buen ánimo que en la retórica del que se cree sabio por poseer un trozo de papel al que llama diploma, y que es casi tan grande como su ego; y es que para Antístenes, la filosofía consiste en un saber cómo ha de vivir un ser humano.

Antístenes hubiese hecho buenas migas con mi abuelo, un hombre de manos grandes, hechas a sí mismas y secadas al calor del campo andaluz. Una reminiscencia de mi infancia me recuerda como su tosca ropa de pana y franela siempre olía a aceite y a naranjas. Su mirada era tan blanca, justa y honesta como la cal que lucía las paredes de su casa del pueblo. Estuvo en la cárcel por pensar libremente, pero tuvo la sabiduría de anteponer la amistad a sus ideas políticas. Supo compartir con su amigo del alma algo más profundo y radical que la ideología que los separaba: la verdad y el mus. Mi abuelo filosofaba sin ser consciente de ello, conversando con el otro, porque cuando solo hablamos con el igual, solo hablamos con nosotros mismos. Dialogar con los que piensan como uno produce un eco que achica nuestra experiencia del mundo y atrofia nuestra capacidad de pensar. Antístenes era conocedor de que en el otro, sea de la condición que sea y porte la bandera que porte, podemos encontrar la sabiduría que solo nace tras un proceso de maduración lento y arduo, similar al que arrugó aquellas manos que un día me sostuvieron y me guiaron.

Eduardo Infante. Profesor de Filosofía

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