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No hagan olas

Turismo de masas

N o hace falta que les narre en detalle la génesis del turismo en nuestro país. A él le debemos media vida los españoles. La económica porque entre pitos y flautas debe representar entre una quinta y una cuarta parte de toda la riqueza nacional, sector del que dependen más de dos millones y medio de empleos y en torno a 200.000 empresas, de todos los tamaños y condiciones, incluyendo algunas de las pocas multinacionales de éxito con que cuenta nuestro país, como Barceló, Meliá, Globalia, Air Europa, NH o la mismísima Baleària con planes de expansión en el Caribe.

Del mismo modo, la aportación cultural del turismo en España ha sido incalculable. No solo ha dado al país buena reputación por su profesionalidad frente a muchos de sus competidores, sino que desde que comenzara la explotación económica de las playas españolas estas se convirtieron en un factor de modernización de las costumbres que ninguna otra actividad puso tan de relieve a partir de los años 60. Si España es hoy un país moderno fue porque a orillas del mar se quebró a la nación ultramontana que nos había dejado la autarquía de posguerra, algo que vieron claro algunos miembros inteligentes del aquel régimen, como el alcalde de Benidorm Pedro Zaragoza.

Al negocio del sol y la playa debemos el menú turístico impulsado por el ínclito Fraga Iribarne cuando se bañaba en la costa almeriense, y de aquel invento devino muchas décadas después el auge de la cocina española, capaz de superar en prestigio a la francesa a día de hoy. Lo mismo que los paradores nacionales que consiguieron rescatar un patrimonio histórico importante, piedras de valor que trazaron el camino para convertir al país en toda una fortaleza hotelera.

El porcentaje de PIB y de empleo del turismo en España es el mayor de todos los países occidentales, por más que en términos absolutos somos la segunda potencia mundial en recibir turistas extranjeros: más de 80 millones al año antes del coronavirus, a muy poca distancia de Francia, líder internacional gracias a París, los Alpes y Eurodisney. En nuestro país es la ciudad de Barcelona junto a los dos archipiélagos, así como los litorales andaluz y valenciano, los destinos que captan el mayor flujo de turistas. Un tercio de la vida en las Baleares y en Canarias depende más o menos directamente del turismo. Hace unos 70 años, Ibiza era uno de los territorios más pobres de Europa; hoy en día cuenta con uno de los mercados inmobiliarios más caros del continente.

Antes de la Covid-19 se batían los records turísticos gracias al desarrollo de la aviación de bajo coste y a la agitación de nuevos contingentes de turistas procedentes de grandes mercados, sobre todo de China y Rusia. El avance del turismo de masas parecía imparable, incluyendo las mejores playas, las ciudades de mayor atractivo histórico, los espacios medioambientales más bonitos, los más famosos restaurantes? Todo el planeta parecía estar lleno, sin localidades, tal era el flujo de visitantes, hasta el punto de fomentar la animadversión de los domésticos frente al turista grupal e irreductible. Venecia, Barcelona, Ámsterdam, Praga, diversas islas de Tailandia, Bali, Formentera, incluso el Machu Picchu peruano o la costa más histórica croata habían empezado a tomar medidas restrictivas ante el aluvión sobreturístico que recibían.

¿Y ahora qué está ocurriendo? Algunos conocidos han aprovechado la llamada "nueva normalidad" para volver a viajar. Tiene sus inconvenientes y riesgos porque la movilidad se ha ralentizado mucho y se debe andar con cuidado respetando las medidas de seguridad sanitaria y poniendo serios límites a las relaciones sociales. En cambio, disfrutan de un París semivacío en pleno mes de julio, o de islas mediterráneas con las calas a medio gas y los chiringuitos sin problemas de reserva. Parece, pues, un buen momento para el viaje, y son muchos los destinos que tratan de hacerlo ver, en especial a los clientes nacionales, para que este verano la caída de ingresos no sea tan dramática. Son muchas, en efecto, las localidades turísticas que han echado mano del marketing para recordar sus encantos y servicios.

No adivinamos, ciertamente, cómo se va a desarrollar la campaña de agosto. Ni siquiera conocemos en qué acabará la oleada de rebrotes de coronavirus que los últimos días engullen la actualidad. Vivimos un estado de duermevela respecto del futuro inmediato, carpe diem que dijo el poeta Horacio. Lo que sí barruntamos es que la crisis sanitaria y la subsiguiente recesión económica para el sector turístico -el que más la padece-, van a cambiar por completo la concepción de los viajes futuros.

Nada va a volver a ser igual en el turismo. Así que este es un buen momento para, siguiendo los consejos europeos, repensar una actividad económica que se había dislocado, consumiendo además muchas inversiones en infraestructuras y demasiada naturaleza. Repensarlo todo, desde promediar mucho más en el tiempo las vacaciones de las personas, desestacionalizando a gran escala el veraneo, a valorar lo más cercano y próximo en términos geográficos, lo cual nos lleva de inmediato a la necesidad de mejorar saneamientos, servicios energéticos y todo tipo de infraestructuras.

Cuando uno sale por las costas de España, da igual que sea rumbo al norte o con destino al sur, comprueba la degradación del paisaje periurbano del arco metropolitano y entiende que, todavía, queda mucho, demasiado por hacer.

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