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Reseteando

La venada de un venado

Parece poco menos que una ensoñación que Pedro Sánchez consiga que Boris Johnson libere a las Islas de su venada, porque no es otra cosa que un venado. Su pronto de meter a Canarias y a Baleares en el saco de la cuarentena postvacacional a cualquier británico forma parte de su ADN de carnero que embiste. Hablamos de un ectoplasma que ha llevado a su país a un retroceso histórico con el brexit, y que ha alimentado con el Picapiedra (lo siento por Vilma) de Trump una corriente de euroescepticismo que puede poner en peligro la UE. La orden marcial del primer ministro conservador ha pillado a Canarias en el bucle de lo que será su forma de actuar con el divorcio del continente: la unilateralidad. Sacar partido de lo que se le ponga delante para obtener acuerdos beneficiosos para su economía y modelo financiero. Llama la atención la flema monclovita con la que se enfrenta Sánchez, es decir, con la idea de que se encuentra ante un político ético: Johnson, hay que recordarlo, hizo una campaña torticera para hacer creer a los británicos que la UE poco menos que les robaba. Si la diplomacia española fuese igual que la de él, de trompicones, sobresaltos y puñaladas por la espalda, lo suyo hubiese sido cerrarle la verja del Peñón de Gibraltar, donde su graciosa majestad disfruta de un nido de buhoneros del contrabando a los que, por cierto, dejamos entrar y salir del territorio cuando les da la gana, incluso con pandemia. ¡Ojalá me equivoque! Pero no veo ninguna luz en esas negociaciones al más alto nivel que dice mantener el gabinete socialista con los británicos. Como en tantas otras ocasiones, el cambio, si lo hay, vendrá de la economía, de los daños colaterales de la medida de Johnson sobre la industria turística británica, que empieza a rebelarse frente al aventurerismo de Johnson. Al enfant terrible le da lo mismo que los canarios acabemos comiendo gofio amasado con agua, pero no le da igual que su carrera política ni el camino que se ha trazado se le tuerza. Tras esta cuarentena que nos puede destruir está un político, que, como dejó bien claro con su libro El factor Churchill, considera que un solo hombre puede cambiar el destino de una nación, sin que sea necesaria esa confluencia de fuerzas sociales de la que hablan los marxistas. Es evidente que él se parece muy poco, por no decir nada, al que salvó a Gran Bretaña de la bota de los nazis. Es un demagogo y no atiende a razones con el jarabe que toma el resto. Parece que algunos aún no entienden su idioma.

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