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PAPEL VEGETAL

Los pisos turísticos y la pandemia del coronavirus

Si faltaba todavía una razón más para abominar de esa peste contemporánea que son los llamados "pisos turísticos", la encontramos fácilmente en la actual pandemia del coronavirus.

¿Cómo estar seguro de no contagiarse en la escalera y sobre todo en el ascensor del edificio en el que uno vive cuando los utilizan continuamente gentes llegadas el día anterior de cualquier parte del mundo?

¿Qué seguridad tienen los vecinos de que los ocupantes temporales de esos pisos, sobre todo si son jóvenes, no han acudido a una discoteca o cualquier otro lugar de ocio nocturno antes de subir a casa en muchos casos alcoholizados y sin mascarilla?

Quienes viven en alguna comunidad de vecinos donde existe algún piso turístico, esté o no registrado oficialmente, no se limitan a soportar el ruido, los portazos a horas intempestivas o los pisotones en el piso de arriba si aquél no está bien insonorizado, sino que se enfrentan también a un riesgo sanitario.

¿Han pensado en eso las autoridades, siempre tan prestar a conceder licencias de explotación de ese tipo de alojamientos sin que parezcan importarles lo más mínimo las molestias que originan a los vecinos?

Se ha argumentado últimamente que la pandemia hará que muchos forasteros elijan un piso turístico en lugar de una habitación de hotel por la mayor seguridad que ofrece el no tener que compartir tantos espacios comunes.

Pero ¿qué hay de los vecinos que viven en el mismo edificio? ¿No cuentan acaso para nada? ¿Importa sólo el lucro del propietario de esa vivienda, ya sea un particular o uno de esos fondos de inversión que han entrado como buitres en ese mercado?

Los pisos turísticos afectan negativamente a la convivencia vecinal y a los derechos de quienes viven de modo permanente en un bloque de casas; aumentan la inseguridad , son fuentes continuas de problemas y contribuyen al deterioro de las zonas comunes.

La presión de los pisos turísticos provoca además una presión alcista de los precios, lo que impide que jóvenes profesionales con salarios bajos o incluso medios puedan alquilar su primera vivienda y los obliga a seguir viviendo con padres.

En los barrios sobre todo del centro donde proliferan ese tipo de viviendas destinadas exclusivamente al turismo se produce además un cambio del paisaje urbano: desparecen los comercios de toda la vida, que dejan paso a tiendas y servicios destinados a un turismo chabacano y barato.

La epidemia del Covid-19 y todas las que sigan deberían servir no para fomentar el mercado de los pisos turísticos sino para acabar cuanto antes con un fenómeno profundamente perturbador de la convivencia comunitaria.

Quien quiera visitar en plan turista una ciudad, que se aloje en uno de esos hoteles de toda la vida: el que más convenga a su bolsillo. Así contribuirá no sólo a combatir el desempleo en un sector clave como es aquí la hostelería, sino también a un abaratamiento general de los alquileres.

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