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TROPEZONES

Encuentros

Pude constatar la semana pasada que hay que escoger muy bien el foro donde pretende uno lucirse con el relato de cualquier batallita. Era uno de los acostumbrados almuerzos de nuestra Cofradía gastronómico cultural de San Millán de la Cogolla, algo diezmada por la imperante fase de alarma causada por el Covid 19. Acababa de relatar cómo en un reciente viaje a Londres había quedado con mi mujer y una de mis hijas en un restaurante, y con qué excusa disculpé mi tardanza:"es que me he encontrado por la calle con Mr. Bean". Ante la patente incredulidad, cosa no del todo desacostumbrada en mi círculo familiar, aporté la prueba irrefutable de un corto videoclip grabado en mi móvil, donde se me veía en animada charla con el famoso actor Rowan Atkinson, al que acababa de saludar en Leicester Square. Tras abordarle para expresarle mi admiración por sus trabajos, sin olvidar una obra de teatro en cartel, no tuvo el menor reparo en dejarse filmar unos planos conmigo. Muy ufano con mi anécdota, que yo calibraba casi como "una de las que puedas contar a tus nietos", no podía ni imaginar que acababa de abrir un grifo de encuentros de mis contertulios, a cual más cualificado para captar el interés de los mencionados destinatarios.

Aprovechando la clave cinematográfica, M.V. nos ilustró cómo de joven en una petición de autógrafo en la terraza del hotel Madrid a la diva Silvana Pampanini, su anónimo compañero de mesa se ofreció a firmarle también el suyo, anticipándole que con el tiempo no le pesaría: la firma resultó ser la de Marcello Mastroiani. Buceando en el pasado nuestro amigo J.M.G. nos refirió su encuentro en el funeral de Vicente Aleixandre con lo más granado de la generación del 27, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Rafael Alberti. J.L.C., autor de éxito de novela negra quiso intervenir aportando las variadas coincidencias con colegas de su gremio con los que había tenido oportunidad de congeniar, citando entre ellos tanto a los grandes como Vargas Llosa o Ken Follett, como al autor de la serie "Juego de Tronos" cuyo nombre no pude retener. Como en una carrera de relevos, tomó el testigo uno de los cofrades que por sus labores profesionales de seguridad en Baleares se hiciera en su día merecedor del obsequio de un cronógrafo Omega por parte de su majestad el rey Saúd de Arabia Saudí.

La verdad es que desde mi situación de patente desventaja me despaché con un "¡no, si sólo falta que alguien se haya codeado también con algún emperador!"

A lo que el interviniente anterior no dejó pasar la ocasión, para recoger de nuevo el testigo, remachando, como el que no quiere la cosa. "Pues mira sí, yo tengo unos gemelos de marfil repujados en oro que me regaló el emperador de Etiopía Haile Selasié cuando hube de encargarme de su protección, también en un viaje protocolario a Palma de Mallorca".

Derrotado hube de escuchar encima los babeantes comentarios de mis compañeros de mesa, abundando, y creo que hasta innecesariamente, en los méritos de la dinastía imperial del León de Judea, cuya estirpe se perdía en la noche de los tiempos, con descendencia directa del Rey Salomón y de la reina de Saba etc. etc.

Sea como fuere tal vez haya de agradecer que en el almuerzo del otro día faltaran algunos cofrades muy significados, que con sus sin duda memorables encuentros habrían terminado de hundirme en la miseria.

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