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TESTIGO DE CALLE

El exilio interior de Óscar Domínguez

En el otoño de 2005, en Guadalajara, México, había un hombre de ojos decaídos que miraba con melancolía, pero sin pena, un vaso vacío, después del desayuno. Lo había conocido algún tiempo antes, conocía de su obra como pintor peruano, y por sus amigos comunes, entre ellos Mario Vargas Llosa, supe de su historia como ser humano. Era Fernando de Szyszlo, el amigo de todo el mundo, como el legendario Kim de Rudyard Kipling. Así que en seguida que levantó la vista y nos saludamos, aquella cara que parecía la de un hombre triste cambió el semblante y ya fue, además de Szyszlo el amigo de todo el mundo, el hombre sabio e irónico que se sabía la historia de su país y del mundo entero (que en su época mayor era París) gracias a su conocimiento directo de algunos de sus más relevantes protagonistas. Entre ellos, nuestro Óscar Domínguez. Szyszlo moriría doce años más tarde, en Lima, en un desgraciado accidente en el que también murió su mujer, su adorada Liliana Yábar.

En aquel encuentro de México le pregunté a Szyszlo por Óscar Domínguez, naturalmente, al que él admiraba muchísimo. Él había vivido en el París de la posguerra y se había encontrado allí con lo más específico del gran movimiento que sobrevivía a las cenizas de la contienda. Y allí, me contó Szyszlo, todavía "todos los monstruos" que en su momento rodearon a Andre Breton "estaban vivos". Entre ellos, claro, el lagunero (¡y tacorontero!) más ilustre de la historia.

Lo que me dijo sobre Óscar, en cuatro zancadas que parecían materiales de un retrato, fue un resumen de las bondades y reticencias de nuestro mayor artista surrealista. Dijo Szyszlo bajo los árboles de su hotel de Guadalajara, donde coincidía a la vez con su amigo Mario Vargas Llosa y con el ya Nobel Gabriel García Márquez: "Cuando hice en París mi primera exposición [Óscar Domínguez] firmó atrás todas las invitaciones, y eso hizo que fuera Andrè Breton. Ahí lo conocí. Me alquiló su departamento, donde luego se suicidó. Era muy grandote, un poco deforme, tenía la nariz muy grande. Era muy amable y muy generoso. Vivió durante la guerra de falsificar picassos y dechiricos. Un teniente alemán le compró un Picasso falso, y terminó Domínguez ante el juez, que llamó a declarar a Picasso y éste dijo: ´¿Cómo? ¡Claro que es mío! ¿Quieren que lo firme otra vez?" Picasso era un hombre muy solidario, no fue el tipo duro que describen".

En las memorias que dejó Szyszlo hay más detalles sobre esta relación parisina, igual que en otros libros que son a la vez ficción y memoria, por ejemplo uno de Jorge Edwards, el chileno que fue testigo privilegiado de las relaciones de Pablo Neruda con lo que quedó en París de aquella era dorada que ya sólo existe en recuerdos así. Y, por cierto, en importantísimas obras de arte entre las cuales las hay también de Óscar Domínguez.

En aquel encuentro, y en conversaciones posteriores, Szyszlo me siguió preguntando él mismo sobre el pintor canario y su relación póstuma con la isla donde nació. Él sabía que el museo más importante de Tenerife, el Tea, tenía en su colección los numerosos cuadros que había ido comprando el Cabildo de la isla. Sabía también, porque conoció esas historias de primera mano, que la labor de suplantación de su amigo y casero seguía creciendo con revelaciones diversas, pero no tenía duda de que se trataba de uno de los grandes artistas de la época, de cuya importancia le parecía lógico que el Cabildo insular se hiciera eco.

Algo ha tenido que pasar, sin embargo, para que esa obra, limpia seguramente de todas las sospechas que el propio Szyszlo señaló en esa memoria de Domínguez, esté situada en los sótanos del TEA y no se exhiba sino de vez en cuando, como si el pintor, por las razones que sean, seguramente estéticas o vete a saber cuáles, estuviera recluido en un exilio interior del que de vez en cuando sale a la luz para desempolvarse. ¿No hay una sala permanente? Pues no, qué quiere usted que le diga. Y la celebrarían no sólo los canarios que querríamos saber de propia vista sobre este extraordinario antepasado sino los millones de visitantes que aquí tendrían una abundante oportunidad por hacerse una idea de Domínguez sin que mediara la opacidad de los sótanos.

La última vez que Óscar Domínguez fue representado en plenitud en el más moderno de nuestros museos fue en 2017, y fue en la exposición Domínguez en Checoslovaquia, de la que no se hizo (o no se publicó) catálogo. Otras veces Domínguez ha aparecido en colectivas, pero su obra, medio centenar de ellas, ha regresado a los sótanos, como volvieron a los sótanos los cuadros que vieron la luz en la permanente que sí hubo entre 2014 y 2016. Llama la atención esta ausencia, porque Domínguez es un ejemplo, entre otras cosas, de las contradicciones artísticas, políticas, humanas, que acompañaron a estos monstruos que aún vivían cuando Szyszlo quiso saber del surrealismo en París. Y no fue Domínguez, ni mucho menos, una figura menor, en ninguno de los apartados en que fue clave el surrealismo para entender la creación y las contradicciones de aquella época terrible y magnífica. Como material de estudio, de didáctica, para estudiantes de cualquier edad, en Canarias o en cualquier sitio, la propia biografía humana y estética de Domínguez merece una perpetuación razonada de su obra, sobre todo en un museo que concierne de manera tan directa a la historia de su tierra de origen.

Los designios de los museos públicos son inextricables muchas veces. Sería injusto pensar que quienes dirigen este museo insular de tanta importancia mantengan por su propio gusto en un sótano la obra de uno de los más polémicos e interesantes artistas del siglo XX. Sacarlo a la luz no es perdonarlo. Al contrario, es ponerlo en discusión, lo mejor que le puede pasar a un artista, desde Picasso a su amigo Domínguez, ahora viviendo entre su calvario y su exilio interior. Szyszlo hubiera dicho que Pablo fue más generoso con Óscar que sus propios paisanos.

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