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CRÓNICAS GALANTES

El inesperado país de la caña

AAlemanas? ¿Checas? No. Las tres mejores cervezas del mundo son españolas y, para concretar más, gallegas. Eso ha decidido, al menos, el jurado de los World Beer Challenge, que viene a ser algo así como la Champions de la cebada y el lúpulo.

Nada hay más subjetivo que el gusto, por lo que tal vez el resultado sea distinto en otros concursos cerveceros de los muchos que hacen hit-parades a este respecto. Aun así, no deja de resultar chocante la elección.

Aquí por esta parte de la Península hemos sido tradicionalmente un país de vino y, a lo sumo, de bebidas espirituosas como el aguardiente, el pacharán o el licor-café. Que se nos identifique con la cerveza resulta tan extraordinario como si a Alemania la premiasen por la excelencia de sus mariscos o la calidad de sus tintos de crianza (que sin duda tendrán).

A ese asombro conviene añadir el dato de que la cerveza no siempre ha tenido particular apreciación en España. Lope de Vega la describía por boca de uno de sus personajes como "orines de rocín con tercianas": una elegante manera de aludir a la orina de burra febril.

Carlos I de España, que también era el quinto Carlos de Alemania, se hizo traer a la Corte maestros cerveceros de Flandes para saciar su pasión por la cerveza; pero aún pasarían siglos antes de que esta bebida convenciese a los españoles propiamente dichos.

Para encontrar algún antecedente histórico de interés habría que remontarse a los nebulosos tiempos prerromanos de la Península, cuando los pueblos celtas e iberos libaban cerveza en banquetes de hasta una semana de duración que eran su principal y casi único hábito social. El problema es que los historiadores aluden tan solo a las costumbres de las tribus galas de Vercingetorix, que no necesariamente habrían de compartir sus colegas llegados hasta aquí en viaje de invasión turística.

También los suevos, pueblo germano que vino en plan vándalo a establecer su reino en Galicia durante los estertores de Roma, podrían haber contribuido en su momento a difundir el consumo de esta cebada líquida. Se conoce, sin embargo, que eran pocos y no consiguieron revertir las aficiones etílicas traídas a Hispania por los romanos, más partidarios del vino que de otra cosa.

Sorprende un poco que en un país otrora abundante en frailes como España tardase tanto en cuajar la afición a la cerveza, que en el resto de Europa manaba jubilosamente de las abadías y conventos. El caso es que no fue hasta bien entrado el siglo XX cuando se instauró aquí el hábito de la caña, palabra que desde entonces dejó de asociarse con el aguardiente para aludir más bien al contenido de los botellines.

Fue ya en los años ochenta cuando el consumo de cerveza igualó al de vino en España, confirmando una tendencia que se ha estabilizado desde entonces. No quiere ello decir que los 50 litros que trasegamos anualmente por cabeza puedan compararse, ni de lejos, con los 106 litros que se embaúlan los alemanes o los 143 que se echan al gaznate los checos, líderes de Europa.

Quizá por eso tenga más mérito aún el campeonato del mundo que acaban de ganar varias cervezas de este país dividido entre los partidarios de ir de cañas o de vinos. Hasta para beber hay dos Españas.

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