Hoy escribo un relato fresco, divertido, que muchos incluso reconocerán. El día que Sara Montiel me sacó de la cama como un pulpo. Viendo sus lazos de sangre, he recordado aquel episodio.

Les cuento. Sara había viajado a Las Palmas de Gran Canaria para celebrar el cumpleaños de su amigo Tino Medina. No lo sabía nadie, solamente un reducido grupo de amigos. Tenía prevista su llegada a eso de las cinco de la tarde. Era una buena exclusiva de manera que llamé a Tino y le dije que iría en su coche. Me dijo que a ella no le iba a gustar pero lo convencí. Allí no había más cinco o seis personas. Sus íntimos.

Yo me enganché del brazo de Tino hasta que me presentó. Ahí, a la carrera, le hice una entrevista y el fotógrafo de La Provincia le sacó primeros planos donde las arrugas eran evidentes.

Yo me acerqué a la redacción a escribir y no podía entretenerme. No me dio tiempo ni de ver las fotos y me fui a casa. Yo sabía que las imágenes de la Montiel en Las Palmas de Gran Canaria eran de primera página.

Ahora viene lo bueno.

A eso de las nueve de la mañana del día siguiente sonó el teléfono en casa. Lo atendí más dormida que despierta y escuché una voz que me ponía a parir. "¡Vente que tengo que hablar contigo y con tu fotógrafo, sinvergüenza!".

Cuando llegué a su hotel, es muy cierto, me encontré a Sara llorando con el periódico en la falda. La foto le echaba 100 años más.

Después de asumir la putada le dije. "Mira Sara, mañana haremos otro reportaje con nuevas fotos. Le ponemos una media tupida a la cámara y saldrás joven y guapa. Verás". Y así fue. Quedó guapísima. Me llamó de nuevo y estaba feliz.

Un par de años más tarde estuvo en Lanzarote y me invitó a comer una mariscada con sus amigos.

Escapé loca.