Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

CRÓNICAS GALANTES

Decadencia de los extremos

Lamenta con toda razón uno de los vicepresidentes del Gobierno que la ultraderecha no pare de acosarlo a él y a su familia allá donde vaya o si se queda en casa. En eso consiste precisamente el escrache que según el libro gordo de la Academia es el acoso a un político "que se realiza en su domicilio o en algún lugar público".

Lo que ahora le sucede a Pablo Iglesias lo padeció años atrás otra vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, sujeta a la intimidación de una turba de las que entonces inauguraban estos métodos pandilleros. La idea consistía en hacer saber a los acosados que su casa no estaría a salvo de escrachadores mientras no lo estuviesen las de aquellos propietarios amenazados de desahucio por impago de su hipoteca. Un juez no vio en aquella serenata delito alguno, sino mero ejercicio de la libertad de expresión.

Aunque no lo parezca, se trata de una práctica reciente e importada desde el otro lado del Atlántico. Todo empezó hace cosa de siete años cuando el movimiento hipotecario del 15-M, germen de lo que luego sería Podemos, popularizó el escrache.

La técnica había sido largamente ensayada ya en la Argentina, donde forma parte del repertorio de los sindicatos del peronismo y, como reacción, de sus adversarios. Ya Borges, porteño genial, explicó en su día que los peronistas no son buenos ni malos: "son", decía, "incorregibles".

Escrachar es un verbo de uso coloquial en Argentina y Uruguay que tanto podría proceder, etimológicamente, del genovés "scraca" (escupir) como del italiano schiacciare (aplastar, presionar) o del inglés to scratch (arañar, marcar). Se trata exactamente de señalar, marcar y presionar al enemigo político para intimidarlo.

No es la única costumbre que los nuevos políticos trajeron de Ultramar; pero sí la más molesta de todas, como tal vez empiece a advertir ahora en su propio domicilio y en su lugar de vacaciones el líder más destacado del grupo. Además del escrache, aquellos pioneros de la hoy muy envejecida "nueva política" introdujeron también un lenguaje bronco en los sosegados hábitos parlamentarios del bipartidismo.

Como todo acaba por pegarse, excepto la hermosura, parecía inevitable que estas técnicas intimidatorias se contagiasen a los ultras del bando de enfrente. Unos y otros coinciden en apelar a lo que llaman franqueza: ese fino eufemismo de lo que a menudo no es más que grosería. No ha de ser casualidad que tanto Podemos como Vox renieguen igualmente de lo que llaman el "régimen del 78", por distintas que, en la superficie, parezcan sus propuestas.

La política de los extremos, de tan ingrata recordación en España, da ya síntomas de agotamiento, por fortuna. Sus votantes han empezado a abandonarlos; e incluso los partidos tradicionales se desprenden de sus portavoces de rompe y rasga.

Tal vez los aficionados a las emociones fuertes hayan llegado a la conclusión de que la violencia, aunque sea verbal o gestual, no es de izquierdas ni de derechas. Es, simplemente, intolerable. Con un poco de suerte, hasta parece posible que la política española se libre por fin del insulto, el escrache y la chulería que tanto han venido a embrutecer el panorama de las relaciones sociales en este país.

Puestos a importar hábitos de otras naciones, mejor que nos traigamos la belleza de la prosa de Borges y Cortázar o los tangos libertarios de Santos Discépolo. Los extremos, mejor será dejarlos para las alineaciones del fútbol.

Compartir el artículo

stats