No es momento para indagar y objetivar los errores que han convertido a Gran Canaria en punto caliente de la pandemia, ni tampoco de señalar a los que han incumplido los protocolos para situarnos por encima de los 3.000 casos. Tampoco caben ahora los reproches sobre si ha sido tardía o no la reacción de los responsables públicos para implementar las medidas contra la conocida como segunda ola, ni si se entró o no con demasiada prontitud en la euforia de la desescalada. Para todo ello habrá tiempo una vez que la ciencia consiga el logro de la vacuna, que será finalmente cuando el enemigo se haga visible y los gobiernos del mundo puedan volver a la normalidad perdida tras un hecho histórico que ha sido bautizado como la III Guerra Mundial. Ahora sólo caben dos opciones: pedagogía social y el recurso coercitivo implacable para los que de manera egoísta se resisten a cumplir con la órdenes.

Tras unas cifras de éxito en cuanto a los efectos de la pandemia, que nos llevaron a ofertarnos a Europa como destino a salvo, entramos en una especie de crónica anunciada, cuyo punto y final no podía ser halagüeño, ni mucho menos, dado el recuento diario de infracciones por falta de mascarillas, aglomeraciones en las playas, transgresiones de la distancia social en terrazas, fiestas, botellones, asaderos y jaranas a bordo de yates. Un escenario de entusiasmo y vehemencia, por no decir de obcecación, que desembocó en lo vivido la tarde noche del pasado jueves: el presidente del Gobierno de Canarias, a la desesperada, reclamaba responsabilidad a la sociedad canaria para frenar un rebrote alarmante de la Covid-19. El contenido de su declaración institucional, dramática por momentos, es más que suficiente para estimular una reflexión sobre hasta dónde nos ha llevado el interés particular frente al colectivo.

La inconsciencia de los comportamientos individualistas nos sitúa frente a daños cuantitativos y cualitativos de suma relevancia, tanto, que, sin temor a errar, se puede decir que está en juego el bienestar de varias generaciones de grancanarios. También la supervivencia del tejido productivo, especialmente un sector turístico que depende de la estabilidad sanitaria; millones y millones de puestos de trabajo están en la cuerda floja; la educación obligatoria, secundaria y universitaria está más vulnerable que nunca; los hospitales temen un colapso; los mayores tienen miedo a morir; los jóvenes han visto como una zarpa ha acabado con sus deseos de progreso. Éstas y muchas más son razones de alto rango para atender al llamamiento de Ángel Víctor Torres, a fin de cuentas una apelación a la solidaridad para frenar el desastre, la hecatombe de un territorio débil y dependiente con un activo único: el esfuerzo que siempre ha caracterizado a sus habitantes para salir de las situaciones adversas. Un coraje que ahora, más que nunca, debe estar presente para afrontar los males de la pandemia, ya sea extendiendo las redes de cuidados al máximo nivel en los ámbitos familiares y de la amistad, o con la firmeza necesaria caiga quien caiga a la hora de exigir el cumplimiento de las normas a los que no lo hacen.

Nos encontramos inmersos en un proceso. De la efectividad de las limitaciones restablecidas dependerá, finalmente, que los responsables públicos adopten o no normas de mayor calado. A nadie se le esconde que una hibernación total de la economía a causa de un nuevo confinamiento sería desastroso para la misma. Una sombra dantesca, un giro radical en la vida de las personas, cuya silueta siniestra debería ser el acelerador determinante para hacer desaparecer la estúpida superioridad con la que algunos se enfrentan al coronavirus, una ausencia de prevención mortífera. Corresponde a la sociología y a la psicología social investigar esta ausencia de respeto a la ruina y a la muerte, incluso para la vida de los que se sientan a su lado en la mesa o ante la televisión.

Al Ejecutivo no le tiene que temblar la mano para devolver el orden a la desescalada de la pandemia. El funcionamiento del recurso de la pedagogía social sería lo más satisfactorio, pero tememos, la evidencia salta a la vista, que no va a ser suficiente. Muchos se hacen voluntariamente el PCR o el serológico, pero la situación cambia cuando el resultado es positivo: no aguantan el encierro. Hay que cercarlos, aumentar a los rastreadores, rentabilizar la aplicación anticovid, incrementar las multas y doblar los dispositivos de control con militares si es preciso. La ejecución de un plan de estas características es muy desagradable, sobre todo porque colisiona con la libertad de movimiento de las personas. En abril, cuando la estrategia contra la pandemia estaba en manos de Madrid, ya se dijo que lo más difícil vendría con la desescalada: la necesidad de cronometrar a la perfección sus etapas, la capacidad de gestionar demandas sectoriales en pos de una mayor celeridad y promover la idea de que todos somos responsables para conseguir un mejor futuro.

Al inicio de la pandemia, con los hospitales atestados, hubo un movimiento social de apoyo a los sanitarios, con el aplauso diario desde las ventanas y los balcones. Hay que volver al mismo espíritu de resistencia, al convencimiento de que los brotes, rebrotes y contagios quedarán en una pesadilla más que superada. Pero para que eso ocurra hay que entender la situación: es grave, gravísima, y tenemos encima nada más y nada menos que la espada de Damocles. Salvarnos está en manos de cada uno de nosotros. Hay que hacerlo juntos.