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Apuntes

¡Otra vez la maldita modorra!

Bien, pues otra vez como los cangrejos, haciendo buena aquella ley de Murphy que dice que todo lo que puede empeorar empeora sin remedio. De entrada, para empezar, ha vuelto a fallar estrepitosa e incomprensiblemente la primera trinchera, cortafuegos o alambrada contra el virus.

Dicen los gallegos, "chamalle a o burro cabalo". La atención primaria sigue en la indigencia y no ha actuado con toda su potencialidad. Tenía que haber sido, y seguir siendo, y ese es el verdadero secreto alemán, el puesto avanzado para la detección temprana y la adopción de las primeras medidas locales de respuesta.

No puede ser, es a la vez una temeridad y una falta de respeto al ciudadano, que a un joven que ha dado positivo y pregunta que qué tiene que hacer, si tiene que hablar con alguien o decírselo a sus amigos, se le conteste que haga lo que crea conveniente, que él verá. Pepe, nombre del chico, aún lo cuenta asombrado.

Sin embargo las medidas de prevención en los centros de salud son severas, reciben a la visita en la puerta de la calle, con la pistola termómetro apuntándote a la frente, y a veces se solapan con el esperpento: cita telefónica con el dentista de un usuario que lleva dos noches sin dormir. ¿Y qué me va a hacer por teléfono y sin vídeo?, preguntó el enfermo. Contestación: silencio. El impaciente, por razones obvias, paciente, llamó ipso facto a la consulta de un odontólogo privado, y le dieron hora para esa misma tarde.

¿El secreto? No hay misterio. El secreto es la mascarilla, el protector facial de plástico transparente, los guantes y el gel. Y tener ganas de trabajar y sentido de servicio público. Es un viejo problema, que en Gran Canaria se conoce como síndrome del toro del Cabildo.

Entremos pues en el tema de los rastreadores. En toda España las comunidades autónomas están atrapadas en una tela de araña, no consiguen un número suficiente y con cierta formación de cazadores de virus -título de un libro imprescindible sobre las pandemias, del divulgador norteamericano Greer Williams, de lectura obligatoria para no decir tonterías sobre esta materia- porque, sencillamente, están dando vueltas y más vueltas a la noria de un pozo sin agua.

Alemania es un ejemplo de cómo hacer las cosas: lo primero que decidieron las autoridades sanitarias locales fue convertir en rastreadores a los dentistas e higienistas de los centros de salud pública sin trabajo por la prioridad Covid, y a los profesores que no daban clases, y a los soldados, y a médicos jubilados... En Spandau, un distrito de 240.000 habitantes, los ocho trabajadores dedicados a frenar la propagación de brotes de salmonella, legionela, meningitis, etc., se convirtieron en 124 que atendían al teléfono las consultas y a la vez actuaban, y actúan, en el rastreo (muy ilustrativa la crónica de Ana Carbajosa en El País, 8 de junio de 2020).

En Canarias, muchos profesores universitarios de la ULPGC que se negaron a dar clases por miedo al contagio (si todos los funcionarios hicieran lo mismo sería el caos absoluto) y que suscitaron una airada y muy justificada protesta de los alumnos, podrían haberse ganado el sueldo de funcionarios funcionando como rastreadores. Quien cobra un sueldo público es un servidor público que ha contraído un compromiso con la sociedad, como no cesa de repetirme un meritorio catedrático de Industriales, según él "harto de tanto caradura e irresponsables".

Esto atañe igualmente a esos trabajadores sanitarios cuyas actividades han decaído, por ejemplo, muchos inspectores, o administrativos que han elegido la modalidad de estar tele-trabajando en sus casas, pero dándole más peso a la primera parte, la tele, que a la segunda trabajando.

Frente al inmediato aumento de los empleados de salud pública en Spandau, y en todo el territorio alemán, en Canarias este servicio esencial, estratégico sin caducidad, sigue ninguneado y congelado. Sus medios humanos son la mitad que los que había hace treinta años. Esta es una especialidad que necesita profesionales con experiencia y solvencia, digan lo que digan los sindicatos o los grupos de interés que merodean en busca de un tranquilo balneario.

Otro aspecto es la educación. Aquí también es como 'la casa de tócame Roque'. Cuando se comenta alegremente que no hay espacio material para guardar la distancia interpersonal? ¿y los colegios e institutos cerrados a lo largo de estos diez últimos años?, ¿y los museos y salas culturales inactivas?, ¿y los edificios de propiedad pública sin uso?

Hace falta menos cuento y más imaginación y competencia. Aquí, y en general en todas partes. Y empezar a contratar ya especialistas en salud pública, y maestros y profesores a mayores, porque mientras arrecia el temporal hay muchas olas. Y la historia nos enseña además que los virus no se duermen en los laureles.

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