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Crónicas galantes

El virus no toma vacaciones

Protestan las gentes laboriosas por el hecho de que el Gobierno se haya ido de vacaciones en pleno rebrote de la epidemia, mientras los españoles vuelven a contagiarse en masa solo por fastidiar a Pedro Sánchez. El reproche es innecesario. En realidad, los gobiernos deberían vacacionar con la mayor frecuencia posible, siquiera fuese para dar descanso a sus gobernados.

No solo aquí, sino en otros muchos países, los hechos demuestran empíricamente que todo va mucho mejor cuando los ministros abandonan sus despachos.

El caso más ilustrativo lo ofreció hace muchos años Portugal. Fue allá por 1975 cuando un gobierno presidido por el almirante Pinheiro de Azevedo se puso en huelga de decretos caídos para protestar por la nula atención que el pueblo portugués prestaba a sus disposiciones, durante el convulso período que siguió al 25 de abril.

Aquella insólita decisión de dejar de gobernar tuvo efectos inesperadamente provechosos para la economía de la vecina República y el bienestar de los ciudadanos portugueses en general. Durante el mes y pico de huelga gubernamental bajaron los precios, subieron los sueldos, se activó la construcción y hasta mejoró el clima.

Otro tanto ocurriría décadas después en Bélgica, que estuvo 541 días sin gobierno en la crisis del año 2008. Gracias a que sus mandamases interinos no podían tomar decisiones, los belgas se ahorraron los recortes impuestos por la UE, además de beneficiarse de un notable grado de crecimiento en medio de la recesión.

También en España experimentamos, hace apenas cinco años, las bondades de la ausencia de un Gobierno con plenos poderes. Los más de diez meses que Mariano Rajoy ejerció de interino por falta de apoyos suficientes en el Congreso coincidieron con un descenso histórico del paro y una sustancial mejora de la economía española. Por supuesto, la prima de riesgo que amenazaba con mandar las finanzas al garete bajó hasta niveles que acaso hubieran sido impensables en tiempos de normalidad gubernamental.

Quizá eso explique la decisión de tomarse unas siempre merecidas vacaciones que adoptó en agosto el multitudinario Gobierno de coalición presidido por Sánchez. No parecía el momento adecuado, dadas las circunstancias extraordinarias que atraviesa el país y el mundo en general; pero no dejaba de tener su lógica. De acuerdo con las experiencias antes citadas, lo normal sería que la epidemia remitiese y la economía cobrara impulso, como suele suceder cada vez que los gobernantes se van a la playa y dejan vacío el puente de mando.

No ocurrió así, por desgracia. El Gobierno se ha ido de vacaciones como si no pasara nada, con la razonable esperanza de que los problemas se resolvieran por sí mismos tal que suele ocurrir cuando no hay nadie al timón. Pero, lejos de decaer, los rebrotes se están multiplicando hasta el punto de que ya se habla de una segunda oleada del virus que nos encarceló a todos en marzo. Siempre podrá alegar Sánchez que las competencias no son suyas en este momento, aunque eso obligue a preguntarse para qué es competente el Gobierno.

Alarma un poco, en todo caso, que los ministros hayan vuelto de vacaciones. Muy mal debe presentarse el panorama si ni siquiera unas vacaciones gubernamentales consiguen poner coto al virus. El puñetero no se ha tomado ni una semana de descanso.

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