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CRÓNICAS GALANTES

Al rey le quitan el oro

Con la rara abstención de su alcaldesa, el consistorio de Barcelona ha acordado despojar a Juan Carlos I de una medalla de oro concedida en su día. Poco habrá de importarle eso a un rey en excedencia que parece disponer de oro suficiente para obsequiar con 60 millones de euros a una de sus amantes, según cuenta la presunta beneficiaria. Pero ya se sabe que lo que importa en estos casos es el gesto.

Estas acciones punitivas recuerdan inevitablemente a las que se produjeron en el mismo ámbito municipal y espeso varias décadas después de la muerte del general Franco. Al dictador, ya momificado, lo privaron póstumamente de los honores de hijo adoptivo, predilecto y hasta predilectísimo que le habían otorgado anteriores gobiernos locales aficionados a prohijar gente famosa.

Todo tiene su explicación, naturalmente. Las circunstancias de la época y, sobre todo, las expeditivas maneras que el autodenominado Caudillo empleaba contra los desafectos a su régimen esclarecen aquella oleada de homenajes. Llevarle la contraria a Franco -el general que nombró rey a Juan Carlos- era en vida del dictador una garantía segura de desdichas para quien se atreviese a hacerlo.

Si los apologistas del imperio no dudaban en halagar al Generalísimo con títulos tan colosales como el de Centinela de Occidente o Caudillo por la Gracia de Dios, no ha de extrañar que también los alcaldes quisieran rendirle igualmente la adecuada pleitesía. La Iglesia hizo lo mismo al llevarle bajo palio; y solo algún escrúpulo teológico impidió a sus jerarcas ampliar el misterio de la Santísima Trinidad para dar cobijo como cuarto miembro a Franco, junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Con Juan Carlos I empieza a ocurrir algo parecido, una vez que ha dejado de ser rey. "¡Ay de los vencidos!", proclamó el jefe galo Breno cuando los romanos a quienes acababa de derrotar objetaron que les había cobrado más kilos de oro de los convenidos al rendirse a sus armas. El bárbaro triunfador dejó caer su espada sobre la balanza mientras exclamaba el famoso: "Vae victis!" para dejar claro quién era el que estaba al mando. Y a la contabilidad del oro, naturalmente

Al ahora rey emérito lo cubrieron de lisonjas durante décadas los suyos e incluso los de enfrente. Muchos de ellos decían no ser monárquicos, sino "juancarlistas", proclamación de la que tal vez se estén retractando dadas las circunstancias. Son las cosas que tiene la pérdida del poder.

Ayuntamientos como, en este caso, el de Barcelona, mantenían hasta hace nada la polvorienta costumbre de conceder medallas y adoptar como hijos del municipio a quienes estuvieran al mando en cada ocasión. Luego se vieron en la enojosa situación de tener que retirárselas, lo que siempre genera papeleo e incordio.

Algunos actuaban a la inversa, tal que ocurrió con cierto municipio catalán que en su día declaró "personas non gratas" a los miembros del grupo de teatro Els Joglars por ser poco patriotas, en opinión de los ediles.

Cuando otro gobierno municipal decidió levantarles el castigo, el jefe de la compañía, Albert Boadella, se lo reprochó con un argumento inapelable. "Son ustedes", les dijo, "como aquellos que nombraban hijo predilecto a Franco y ahora, cuando mandan otros, rectifican y le dicen hijo de puta. Ustedes, siempre con los ganadores". Se conoce que Juan Carlos I no va ganando ahora mismo. Ay de los juancarlistas.

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