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OBSERVATORIO

La liberación de París y las 'fake news'

Andan la clase política, el periodismo serio y la gente sensata preocupados por la gravedad de las fake news. Se culpa a Internet y a las redes sociales de relatos tan asombrosos como acusar a los gobiernos de exagerar el peligro del Covid-19, o a los laboratorios farmacéuticos de la producción del virus. O se ataca el uso de la mascarilla porque resta oxígeno al organismo. Influencers, cantantes de pop y demás pirados no comprenden que estamos en ciernes de un segundo estado de alarma; no se sabe si es por una vida de abuso con las drogas, si son achaques de la vejez o si son paralíticos cerebrales de nacimiento..

Pero las fake news siempre han existido. En agosto se cumplió el 76 aniversario de la liberación de París por la Nueve, la novena compañía de la segunda división acorazada del General Leclerc. En la noche del 24/8/1944 una columna de blindados compuesta por 2.000 republicanos españoles entró en París. Esa compañía de blindados formaba parte del tercer ejército acorazado del general Patton, estaba autorizada a llevar la bandera republicana pintada en sus orugas, y sus soldados estaban autorizados a llevarla bordada en sus uniformes americanos. Y sus blindados, curiosamente, no tenían número, como los restantes del tercer ejército, tenían nombre propio y los primeros que entraron esa noche en París se llamaban así: Guadalajara, Ebro, Madrid, Guernica, Brunete, Liberación, España Cañí, Santander.

Antes ya se habían batido en África contra los blindados de Rommel. Desembarcaron el 4 agosto en la playa de Utah. Esos veteranos se granjearon el respeto unánime de sus compañeros, por su arrojo y valentía próxima a la temeridad. El mando aliado temía la impericia de los jóvenes soldados americanos, apresuradamente movilizados e instruidos. Por eso Patton se recorrió las bases americanas en Inglaterra arengando a la tropa. Sus discursos, soeces y repletos de improperios, están colgados en internet.

Los españoles eran veteranos curtidos en la guerra civil española y conocían su oficio. Venían de perder una guerra y otra derrota no entraba en sus planes. Tampoco eran ángeles. Los reporteros americanos los describían avezados y veteranos combatientes, valientes pero individualistas e indisciplinados. Contaban la anécdota de amenazar con el fusil a un soldado americano que pretendía tirar una granada al nido de ametralladora alemán. Los soldados alemanes llevaban relojes. Y los relojes quedaban inservibles si se usaban granadas. Luego había que tomar el nido al asalto? Porque un reloj alemán se cambiaba por muchas latas de comida, muchas botellas de vino, e incluso por algunas de Armañac.

El 20 de agosto comenzó la insurrección en París. De Gaulle sospechaba que Hitler habría dado la orden al ejercito nazi en París de dinamitar los puentes e infraestructuras. La ciudad de la luz sería alemana o devastada. Eisenhower le pidió paciencia. Ike quería embolsar primero al grueso del ejército alemán al norte de París y exigía el 100 por 100 de sus efectivos. Luego sería París.

De Gaulle se reunió con Leclerc y juntos desobedecieron: Había que tomar París con urgencia y convinieron en que esa peligrosa misión sería para los veteranos de La Nueve: ¿Habría Tigres en París? Su potencia de fuego superaba de largo a los M4 Sherman, a los semiorugas M3 blindados y M8 Greyhound de La Nueve.

La Nueve entró en París por la Porte d'Italie y se abrió en abanico dirigiendo sus columnas al control de la ciudad. El Guadalajara llegó al Ayuntamiento de París, cuartel general nazi. Y el Ebro, que lo cubría, hizo fuego contra la resistencia alemana. El jefe de las fuerzas de ocupación nazi se rindió así a unas decenas de españoles. En reconocimiento a su humanidad, al trato dispensado a sus prisioneros, el General Dietrich von Choltitz, regaló su reloj de pulsera al jefe del destacamento. Un tipo con reflejos el tal von Choltitz?

Meses más tarde cruzaron el Rin para combatir en suelo alemán, y finalmente también fue La Nueve la que toma el Nido del Águila el 5 de mayo de 1945 en Berchtesgad, el último refugio de Hitler. De los 2.000 republicanos españoles quedaban entonces 16 en condiciones de combatir. Cuatro recibieron del General Leclerc la Legión de Honor por su valentía en combate.

Cuando De Gaulle se instaló en París se encontró con una alta sociedad francesa que había compartido fiestas, bailes y conciertos de Django Reinhardt y otros músicos de Jazz en los teatros de la capital. El Gobierno de Vichí, había esparcido el colaboracionismo por media Francia. Y Dimitrov lo había conseguido con la otra mitad. Dimitrov era secretario general de la Komintern (en ruso, la III Internacional): allí se elaboraba la línea política de los partidos comunistas occidentales. Dimitrov, para blanquear la canallada del pacto de no agresión ruso-alemán, firmado por Mólotov y Von Ribbentrop, fijó la política de no intervención. Según la III internacional, enfrentarse a los nazis era un asunto entre capitalistas, y la II guerra mundial, otra guerra más entre capitalistas.

El secretario general del partido comunista francés, Maurice Thorez, recibió de Dimitrov la orden de desertar del ejército francés, y muchos comunistas más recibieron la orden de desmovilizarse. Maurice Thorez huyó a Bélgica en un 11 ligero, y de ahí, por Estocolmo, llegó a Moscú. Sólo tras la invasión nazi de la Unión Soviética se disolvió la Komintern y los comunistas europeos recibieron nuevas órdenes de sus comités centrales para ingresar en el Maquís, si es que muchos no lo habían hecho ya? tal como Jacques Duclos, el dirigente del PCF que desobedeció frontalmente a Joseph Stalin.

En toda Europa, casi sólo los republicanos españoles fueron refractarios a la política de no intervención; ellos habían aprendido en sus propias carnes que combatir al fascismo no era un asunto entre capitalistas. En honor a la verdad tampoco el Pichí italiano se tragó ese sapo: el PCI tenía a Antonio Gramsci en las cárceles de Mussolini, y desde el primer momento organizó la guerrilla. Otra diferencia no menor entre el PCF y el PCI, es que el primero lo dirigía un burócrata estalinista residente en una Dacha, Thorez; al segundo, Gramsci, un periodista e intelectual de izquierdas encarcelado. No eran la misma cosa.

Esa era la escena con la que se encontró De Gaulle: Maurice Thorez, en busca y captura por deserción; la derecha francesa, salvo la ultranacionalista, colaboracionista de Vichí; la alta sociedad urbana, habíase divertido, con el ejercito invasor.

De Gaulle se reunió con Duclos, el líder del Maquís. Entonces decidieron otro relato: Maurice Thorez aparecería en escena con barbas, recién salido del monte, del cuartel general del Maquís y jamás habría pisado Moscú; el pueblo francés habría luchado durante la ocupación nazi. Las mujeres más vulnerables, en cambio, resultaron ser las únicas en pagar el pato: muchos miles de prostitutas habrían sido colaboracionistas por haber yacido con soldados alemanes por dinero: se les rapó el pelo al cero para público oprobio. ¡Una vergüenza!

¿Y La Nueve? ¿Qué pasó con La Nueve? La Nueve desapareció del relato oficial. Incomodaba.

La historia escribió que el pueblo francés había expulsado a los nazis; los dirigentes comunistas, auténticos líderes; las putas rapadas y La Nueve invisible. París fue liberado por heroicos soldados franceses y nunca más se habló de aquellos guerreros valientes, que no luchaban por su tierra ni por su bandera, que soñaban con una invasión aliada a la península que nunca llegaría, y que dieron sus vidas por vencer a los nazis y liberar a Francia.

Antón Beiras. economista

Así que las fake news no son un producto reciente de Internet. Cuando les hablen de La Grandeur de la France, contéstenles: La Grandeur de los republicanos españoles.

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