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TROPEZONES

Narices

Si algo caracteriza el arte funerario egipcio, es su inmutabilidad a través de los tiempos, reproduciéndose sus hieráticas imágenes, desde la esfinge del primer imperio del faraón Keops hasta los bajorrelieves de la dinastía de Tutmotsis III 2000 años más tarde.

Pero se da otra característica, mucho más desasosegante y siniestra, que sobrecoge por su inquietante recurrencia y que no respeta ni rango ni condición: el desmochado de narices.

A primera vista cabría tal vez achacar al paso del tiempo el mal estado de muchas imágenes, y la natural vulnerabilidad de los salientes nasales, primeras bajas lógicas de los embates de una meteorología extrema e inmisericorde. Pero la cosa cambia si pensamos que incluso en algunos frisos de dos dimensiones, los atributos nasales parecen haber sido sádicamente mutilados. O que una enorme esfinge como la de Gizeh se mantenga relativamente bien conservada, salvo la cara, desfigurada su boca y nariz. Por no mencionar la famosa "cabeza verde", extraordinaria reliquia del naturalismo de las últimas dinastías, de pulida piedra color aceituna y facciones perfectas, huérfana también de su nariz, que parece haber sido partida de un martillazo por algún demente.

Como no podía ser de otra manera, el fenómeno ha sido estudiado por los egiptólogos, apor- tándose algunas explicaciones, si bien bastante confusas y contradictorias. Una de ellas sería la voluntad de ocultar la etnia africana de algunas efigies, delatada por la forma de sus amplias fosas nasales. No olvidemos que los africanos eran vistos como invasores que amenazaban apropiarse de la historia de Egipto. Según otra explicación alternativa, el origen podría estar en la intención de neutralizar la supuesta carga sobrenatural atribuida a las imágenes, mutilando la nariz, su apéndice más significado, por donde respira el hálito divino. Pero las teorías no acaban de explicar la razón de tales desmanes. En el caso de un ladrón de tumbas podría encajar tal explicación, abandonando el interesado el lugar del expolio asegurándose haber neutralizado el posible mal de ojo del faraón o la deidad de turno. Pero la reiteración, incluso en imágenes a la intemperie sólo cabría encuadrarlas en un frenesí iconoclasta de posteriores generaciones, también de incierta justificación.

Así que tendré que quedarme de momento con las ganas de entender tan perversa manía.

Habré de consolarme con una tendencia inversa, propagada hace unos años en el Reino Unido, donde venían apareciendo narices en las fachadas de los edificios y monumentos públicos, como surgidas por generación espontánea. El último episodio, el de "las siete narices del Soho de Londres" ubica varias protuberancias nasales, no sólo en dicho barrio, como la calle Dean Street, sino incluso en sus aledaños, como la que parecía brotar de la base de la columna de Nelson en Trafalgar Square, y que la gente solía frotar, atribuyéndole también mágicas propiedades benéficas.

¡Yo no me atrevería a aventurar que los dos fenómenos guarden alguna relación entre sí, pero no me negarán que la cosa tiene narices!

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