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ENTRE LÍNEAS

Sobre hueveras y parrillas

Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología y uno de los peores antisistema de España, se ha alzado con el premio que tanto ansiaba, la dirección del Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP). Una lotería para el individuo, un completo oxímoron en lo político y en lo social y un auténtico desastre para nuestro país. No cabe calificar de otra manera la designación, puesto que, tras ella, se esconde el deseo de dinamitar el Estado desde dentro. El personaje, viejo conocido en el sector educativo por sus enloquecidas propuestas, fue entrevistado el pasado lunes, 17 de agosto, por El Mundo con ocasión de la situación provocada por la covid-19 y la inquietante vuelta a las aulas en este nuevo curso. De las ideas que allí expone, hay cuatro que merecen ser comentadas para conocimiento público y, sobre todo, para la alerta de los que defienden la escuela, la práctica de la enseñanza y hasta la de la propia libertad. No obstante, antes de abordar el desglose del ideario, hay una constante que se repite cual estribillo en una pésima canción. No deja respuesta en la que sus referencias al profesorado no estén teñidas por prejuicios y sospechas. En lo personal, irrita la particular obsesión del ahora dirigente por llevar a los docentes a la arena política y, en lo gremial, sobrecoge la perspectiva desde la que examina la función del enseñante, una visión muy cercana a la intimidación.

La primera idea aparece en el mismo introito, avanzando un aspecto ideológico que enseguida queda diluido, cuando debería ser la llave precisa para entender lo que luego se dice. La periodista reconoce que el personaje "es poco complaciente con el establishment del que ahora forma parte". Sin embargo, ahí está la razón profunda del cargo y la elección del individuo para el puesto. ¡Qué mejor que un entusiasta antisistema para llevar las riendas de la administración! Desde la óptica del dinamitero del estado, no había mejor opción que la finalmente alcanzada. Conviene no olvidar este punto, porque recorre y penetra las tres ideas que dan argumento a las declaraciones de Fernández Enguita.

La segunda idea ya viene referida a la educación, eje de las proposiciones del catedrático. A la aseveración de la entrevistadora de que la ministra Celaá "llevó el cole a la tele", ratifica que "hace falta mucho trabajo de comisariado para elegir bien los contenidos" (cursivas nuestras). Y, posteriormente, como quien no quiere la cosa, lanza un claro elogio a la respuesta china al desafío del coronavirus. En una misma frase, "comisariado" y complacencia con el gigante asiático. Para los que conocemos al personaje, nada extraño, pero, para los que están alejados de la dinámica escolar y de los debates entre los que postulamos la recuperación del sentido común en la enseñanza y los defensores del relativismo pedagógico, puede resultarles hasta incomprensible. Lo que pretende Fernández Enguita es pastorear la educación, reducir la disensión a la anécdota y, por el camino, socavar la libertad de expresión de los docentes. De ahí, el término "comisariado", que seguro que se le escapó como al niño incapaz de mentir, pero que presagia muy malos tiempos para la razón y la tolerancia en un sector, el educativo, que debería exhibirlos como legítimos estandartes.

La tercera idea es una derivación directa de la anterior, tal vez su plasmación más palmaria. La reivindicación unitaria del profesorado, pero no sólo de él, ante la apertura del curso 20-21 es la reducción de las ratios de alumnos. Vale decir que hasta los representantes de los padres han unido fuerzas con el cuerpo docente porque ven en ello la preserva y seguridad de sus hijos, pero ¿y cómo lo percibe nuestro "fenómeno pedagógico"? Según su particular concepción del asunto, "la batalla de las ratios es la racionalización de un interés". ¿Perdón? "Menos alumnos, menos horas, más vacaciones". Al decir del chiripitifláutico, el reducir el número de alumnos por aula, frente a la amenaza de la pandemia, es sinónimo de más vacaciones para el profesorado. Esta forma de pensar, ya digo, tan presente en la Nueva Pedagogía, es clarividente sobre el mal que la aflige, que no es otro que la ausencia de un orden mental en las ideas y en las personas.

La cuarta idea es la soflama, la consigna que anticipa el mundo utópico en el que se sitúa el antisistema. Para Fernández Enguita, el virus de Wuhan "ha liberado" a la educación, concluyendo semejante catarsis en que se "ha desmontado el aula huevera y el horario parrilla". Y esto duele en lo más profundo porque el ínclito está hablando, no de espacios ni de tiempos, sino de personas. Yo, profesor, no estoy en ninguna "huevera". Y mis alumnos, tan personas como su profesor, tampoco están presos como los pollos de los que simula hablar el "fenómeno pedagógico". Reclamar a estas alturas un poco de dignidad sobre la figura del docente, y mucho más con las palabras de Enguita de fondo, se vuelve imperativo. Los docentes, aunque no deberíamos, estamos habituados al insulto, a la agresión verbal de los actores sociales y políticos, pero que tal sarta de improperios provenga de un supuesto teórico de la Nueva Pedagogía roza la indecencia. Debería nuestro personaje mirarse al espejo, como también se lo sugerí a la señora Celaá, porque el huevo lo tiene más cerca de lo que cree. Que mire hacia arriba y el enorme óvalo aparecerá como por arte de magia.

Juan Francisco Martín del Castillo. Doctor y Profesor de Filosofía

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