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PIEDRA LUNAR

Lázaro Santana, aniversario

Cada tribu, considerada como espacio geográfico, humano y cultural tiene sus propios maestros espirituales que con su interpretación simbólica le otorgan una singular identidad. En una categorización que abarca desde la cultura indígena al más sofisticado mundo académico, el papel de los oficiantes comunitarios marca la creación de otra realidad a partir de la reflexión. Esa es la esencia de la simbolización literaria y de la orientación discursiva e ideológica. Nuestras islas son territorio tribal, rodeado de mar por un destino geomorfológico, con marcas propias que le confieren su historia y leyenda, sus escritores y artistas plásticos, el folclore y la expresión lingüística.

Los creadores que exploran el imaginario a lo largo de toda una vida quedan investidos, a veces sin pretenderlo, de una autoridad estética ante la propia comunidad, de tal manera que cuando los ciudadanos en general son convocados, suelen asistir sin remilgos a escuchar su palabra, a leer sus libros, a mirar sus lienzos o a escuchar su música.

En nuestro ámbito cultural, Lázaro Santana es un celebrante de la palabra que en su quehacer maneja varios registros simbólicos tanto en relación con las islas como en el marco de la cultura euromediterránea y anglosajona. Sin duda, la isla como concepto, la arrastra en su alforja mental, conformando una cosmovisión que rompe fronteras localistas ya que explora múltiples campos del pensamiento a medida que transita por ciudades del mundo y por la obra de múltiples autores.

Ahora, que acaba de cumplir ochenta años, traemos a nuestro maestro espiritual al cobijo de esta columna, a la vez realista y soñadora, para festejar sin ambages su credencial en nuestro ámbito cultural. En una tierra en la que los poetas nacen, crecen, se reproducen y desaparecen en una rueda imparable, a la figura de Lázaro Santana hay que valorarla con una vara de medir distinta, muy distinta a la de cualquiera de la de quienes se mueven por los aledaños del magmático gremio.

A nuestro prolífico escritor, la historia tendrá que considerarlo como un polígrafo enciclopedista en el campo de las humanidades. Desde 1966, con sólo veintiséis años, su vida gira en torno al manejo de la palabra, como creador, crítico y publicista. El título de su primera entrega poética El hilo no tiene fin (1966), parece una premonición. Si en un juego de alternancias léxicas cambiamos el término hilo por palabra, creemos que acertamos de pleno. Y es que en Lázaro Santana, la palabra, como expresión trascendente del pensamiento, no tiene fin al expandirse en diversos géneros, con una riqueza semántica inusual, en una mirada plural sobre las cosas que trata de indagar de manera solvente en la simbolización de nuestro paisaje tanto físico como creativo.

No somos proclives a afirmaciones en vano. Dejamos, pues, constancia numérica de su bibliografía activa entre 1966 y la cercana actualidad. A lo largo de algo más de medio siglo de trabajo intelectual, constatamos 25 entregas poéticas; cuatro obras en prosa; doce ensayos; la traducción de obras de cuatro autores; diecisiete monografías de arte; la edición de obras de quince autores y el trabajo de un registro sonoro. A ello añadimos su actividad en la revista Fablas durante los diez años de su existencia, y los artículos que bajo el rótulo Botella al mar publicó durante muchas semanas en este mismo periódico.

No quisiéramos pasar por alto sus centrados juicios sobre el indigenismo en la plástica isleña. No obstante, en el ámbito literario es notable su aportación crítica sobre la obra de Alonso Quesada, a quien ha estudiado de manera exhaustiva, llegando incluso a apostillar con ética profesional las afirmaciones de algún tesinando universitario.

Hace algunas semanas, el propio Lázaro puso en nuestras manos su obra De la nada, del tiempo (Hora antes editorial, 2018), con una dedicatoria agradecida por nuestra parte: "Un abrazo en estos tiempos conflictivos". El texto es una delicia de la mirada fragmentaria sobre su cotidiano respirar: desde la mesa con los churros dominicales a las nubes que trepan desde el Valle de Agaete hasta la cima de Tamadaba. Cada fragmento de este texto se aproxima a un bello poema sabiamente elaborado alcanzando el estilo de la prosa poética deleitosa. Creemos que nuestro mundo cultural, plagado de filias y fobias, ha de agradecer a Lázaro Santana su palabra y celebrar sus prolíficos ochenta años plenos de vitalidad.

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