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Reseteando

El gallinero de la migración

En los tiras y aflojas de políticos locales afectados por la tensión sobre cómo afrontar el crecimiento migratorio en Gran Canaria hay de todo. El alcalde de Agüimes utilizó la incandescencia del sol para cepillarse el campamento de la Cruz Roja en Arinaga, que cumplía con todos los parabienes técnicos y humanitarios. Resuelto su problema, ya no emite opiniones sobre cómo resolver el drama. En Tunte, seguro que movilizados por una instancia partidista, los vecinos reclamaron sus migrantes de siempre y no otros nuevos. Así de claro. En Mogán, la primera edil cae en la exageración al comparar el puerto de Arguineguín con el drama de Lampedusa, y aparece en escena junto a la posición gremial de la Cofradía de Pescadores. Todos defienden con entrega su terruño. La alcaldesa socialista de San Bartolomé, en declaraciones a este periódico, niega la mayor: su municipio no es insolidario, porque tiene la cárcel, un vertedero, un centro de menores en Ayagaures, el centro cívico en Tunte y la central eléctrica. Le faltó en el recuento el Faro de Maspalomas. Curiosa forma de tasar el drama de la migración, comparando ladrillos y chimeneas con vidas humanas. Y en un momento dado, por interés pecuniario, se abren hoteles y complejos como centros de acogida, precisamente en los linderos donde gobiernan los más protestones. El sector turístico, hundido y sin perspectiva, se agarra a cualquier asidero, sin importarle, por supuesto, los altos intereses de sus alcaldes con respecto a la convivencia, la seguridad de sus habitantes, la imagen turística y cientos de cosas más que les rondan por la cabeza, y que no son, faltaría más, racistas, sino el instinto de protección frente a lo desconocido. La patronal insta a los propietarios, soberanos en el ejercicio de disponer del bien, que cesen en su singular fórmula para llegar a final de mes, que, por otra parte, los sitúa en un segmento solidario mucho más escorado que partidos como Roque Aguayro, en Agüimes, o el PSOE, en San Bartolomé. Pero no nos engañemos: es gatopardiano. Todo volverá a ser igual en los hoteles de cuatro estrellas. La posición más epatante es la del Estado: se le ha desmoronado el interés por la migración, ya no le hace tilín y no le parece asunto con suficiente grasa para negociar con los puntos de origen. Más vale tarde que nunca. Huele a una rebelión en toda regla, si bien con el ingrediente único, excéntrico, de que en vez de camas turísticas se empieza a hablar de camas de migrantes.

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