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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Al corazón del Estado

En la película Il Divo, de Paolo Sorrentino, seguimos la caída en desgracia del siete veces primer ministro italiano Giulio Andreotti, perseguido por la justicia por sus conexiones con la mafia. Uno de los aspectos sobresalientes del papel, que interpreta magistralmente Toni Servillo, es la servidumbre a la mentira, o como el poder acaba triturando cualquier atisbo de verdad a cambio de no ser desalojado nunca de él. Dicho así puede sonar hasta obvio, pero no lo es tanto, sobre todo con respecto a las consecuencias, cuando vemos hasta dónde pueden llegar los resortes malignos para aplastar la privacidad. La respuestas sobre la dimensión sólo se hacen perceptibles, o al menos asustan, desde el momento en que se coge el abrelatas y comienza la apertura de la cloaca. ¿Qué es incompatible con la mierda? Pues algunas veces creemos que la misa diaria, o una vida feliz rodeada de hijos bien nutridos y con estudios exquisitos, o también una mirada entornada que, sin llegar a la conocida como de cordero degollado, provoca una afinidad en pensamientos. No lo sé. Sin ir más lejos, qué une a Villarejo a tantas y tantas personas que se cambian de camisa dos veces al día. O simplemente, cómo el converso -asegura que tuvo una epifania que lo llevó al Opus tras un tiempo disoluto- Fernández Díaz podía utilizar a los policías como si fuesen reclutas a las órdenes de la mujer de un general, aunque aquí no los mandaba a hacer la compra sino a comerse todas las memorias digitales que tuviese Bárcenas sobre la caja b del PP. Tampoco es opuesta la mierda a un cargo tan altisonante como secretario de Estado, desposeído de su rango institucional, de la fórmula ministerial, e introducido como una bacteria por el bajante para aquilatar con llamadas sibilantes los cometidos. Pero ojo, lo han dejado tirado, es una viuda del poder, una lloriqueante estructura que ha encontrado en el juez el pañuelo que seque su orfandad. Da igual su nombre o su brillante curriculum como jurista, porque todo lo redujo en su momento a echarle mermelada a la tostada de la omnipotencia, casi igual que cuando Bercebú, uno de los alias de Andreotti, le da un beso al jefe de la mafia, para luego ametrallar su conciencia con el mantra de que él nunca colaboró con el asesinato de Aldo Moro. Son los hilos invisibles. Una vez más, el corazón del Estado sufre un riego explosivo de colesterol que amenaza con colapsarlo. Los francotiradores nos dejarán asombrados con sus hazañas.

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