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PALABRAS EN EL MALPÉIS

Cultura en cuarentena

En los tiempos que corren nada debe ser fácil para quienes les ha tocado el infortunio de legislar y tomar decisiones desde sus responsabilidades públicas. Decisiones que afectan al común, colgando sobre sus cabezas una espada de Damocles que amenaza, semana tras semana, con un descontrol en la expansión de una enfermedad de la que aún no se sabe todo.

Aquí, es las Islas, se confirman día tras día los peores augurios que sostenían desde hace meses mentes privilegiadas de la información mediática y económica: cierre de los mercados turísticos internacionales- principal motor productivo del Archipiélago - y amenazante panorama laboral para miles de familias en un futuro más que próximo. En cascada se están produciendo inevitables sinergias que afectan, transversalmente y de forma dramática, a buena parte del tejido social isleño.

Así que en ese sombrío escenario defender la necesidad del mantenimiento de actividades culturales se convierte, a priori, en un ejercicio de manifiesta incomodidad para quienes las crean. Esa incomodidad se extiende a aquellos pocos que, desde instituciones culturales públicas, se han atrevido a programarlas o a intentar promoverlas.

Flota en el aire una especie de estigmatización del sector que va a tener consecuencias graves; sobre todo en torno a una premisa fundamental en este relato que, por repetida en los últimos tiempos, no deja de tener valor: dejando a un lado sus consabidos valores espirituales, detrás de la acción cultural profesional existe una economía que no puede ni debe despreciarse porque también aporta riqueza económica y laboralidad al país. Sobre esas actividades, alimentadas por el público que las consume, existen numerosos puestos de trabajo -en verdad acosados desde siempre por una precariedad histórica- que no se circunscriben sólo a los artistas que se suben a un escenario.

Hablamos de quienes diseñan publicitariamente una campaña para esa obra de teatro o concierto; de personas que trabajan en pequeñas productoras organizadoras de los mismos; de empresas especializadas en infraestructuras y servicios de sonido y luminotecnia o de personal externalizado en los teatros y espacios escénicos públicos donde se produce esa actividad. Y, por último, de un ambiente de consumo en servicios que se produce en el entorno de los lugares donde se celebran esas actividades (bares, restaurantes?.) muy destacable en términos de economía local.

El argumento de aplicación de medidas contundentes para salvaguardar la salud pública es irrebatible en una crisis pandémica. Pero las estadísticas, que se han convertido en un arma de planificación recurrente desde los poderes públicos ante las acciones a tomar contra la expansión del Covid, hablan por si solas: ninguno de los focos de transmisión colectiva en Canarias se han registrado en las actividades culturales que se han podido realizar en estos meses. Así ha ocurrido también en ciudades de la civilizada Europa (recuérdese un llamativo titular periodístico de estos días: "El festival de Salzburgo cierra con un 96 % de ocupación y cero contagios").

Y esto no nos sorprende a los que participamos de la acción cultural en Canarias; hemos tenido la suerte de sumarnos a alguna de las pocas actividades permitidas al sector en estos meses y hemos comprobado que la aplicación de protocolos sanitarios en los espacios escénicos está siendo ejemplar y de una eficacia que ya se puede dar por testada.

La aplicación de las normativas dictadas por el Gobierno canario en el territorio de su competencia en el ámbito de las actividades culturales parecen sujetas a una rigidez que no se explica solo con el prioritario cuidado sanitario de toda la población; porque el mismo gobierno asume en la práctica la necesidad de intentar salvar lo que se pueda del tejido laboral permitiendo otras actividades profesionales, en principio igual de aparentemente riesgosas, en mitad de una crisis sin precedentes. Por ejemplo, la utilización habitual de un mínimo del 50 por ciento de ocupación en aforos escénicos no debe parecer una petición alocada del sector si se implementan las garantías sanitarías requeridas para cada caso. De trasfondo se dibuja una necesidad laboral y empresarial mínima que ayude a sostener puestos de trabajo que, si no, se irán a la cola de las prestaciones sociales.

En otro orden de cosas, hemos aplaudido en su momento la rápida respuesta del departamento cultural del Gobierno canario con las primeras ayudas al sector. Pero es el momento de afilar el lápiz porque el escenario de los próximos meses, a tenor de las recaudaciones de impuestos que nutren los presupuestos públicos, va a ser muy complejo. Apoyar la emprendiduría cultural en las islas significa, más que nunca, aclarar el panorama entre afición y profesión si no se quiere salir de esta crisis retrocediendo decenios. Por mucho que cueste partir ese melón, es responsabilidad de aquellos que ostentan esas responsabilidades desde lo público.

Terminamos insistiendo en la necesidad, durante los próximos meses y en el próximo año, de blindar el mercado cultural canario allá donde intervengan presupuestos públicos porque la situación de urgencia en muchos de nuestros creadores así lo requerirá. Coordinación institucional, activación de circuitos, imaginación programática con lo local ante la modorra burocrática, apertura generosa de los espacios escénicos públicos y sus recursos a las producciones locales y movilidad entre los territorios insulares son, más que nunca necesarios en cuanto lo permita la situación sanitaria; en suma, trabajo y no regalías.

Llegados a este punto, tómese nota de lo ocurrido en el festival de Jazz de San Sebastián, programando sólo a intérpretes españoles en esta edición (suponemos que nadie acusará a sus organizadores, a propósito del palmarés histórico del festival, de aldeanismo); la apuesta del Temudas de Las Palmas convocando a producciones isleñas es también muy loable.

En cualquier caso, sin querer pecar de alarmistas, lo que suena ahora es el silencio; ese silencio extraño que precede a un tsunami; y haríamos mal en engañarnos al creer que habrá suficientes azoteas para guarecerse de la inminente subida de las aguas. Por eso es tan importante que poderes públicos y emprendiduría privada isleña vayan de la mano, poniendo en valor la cultura hecha en las Islas allá donde haya un hueco para construir esperanza.

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