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Reflexión

La delegada de la sororidad

Todavía guardo en la memoria la imagen de este último 8-M en la capital madrileña, el mismo que tan buen rendimiento ha dado al periodismo en nuestro país. A pocos metros del frente de la manifestación, en la que Victoria Rosell iba de la mano de la actual ministra de Igualdad, la señora Montero, sobresalía sobre sus cabezas un cartel bien visible que hoy, y conocida la reciente denuncia que pesa sobre la delegada del gobierno para la Violencia de Género, resulta particularmente llamativo. "Hermana, yo sí te creo", rezaba la pancarta. No sé qué pensará Simona Chambin, la empleada de hogar que acusa a Rosell y su actual pareja, Carlos Sosa, de pagar en negro sus servicios y de un presunto despido improcedente, de las palabras del reclamo feminista. Tampoco soy capaz de adivinar lo que implica la sororidad para esta mujer. Ni siquiera tengo la seguridad de que esté en el conocimiento de lo que significa el término y su uso intensivo entre determinadas facciones políticas. Pero lo que tengo por cierto es que, si se aplica lo afirmado en el cartel, habría que creer a la boliviana a pies juntillas sobre el supuesto trato vejatorio recibido.

Cuando te pillan en flagrante contradicción, puedes tomar varias decisiones, no todas ellas compatibles entre sí. La primera, la más habitual, es la discreción y el silencio, que es la que suelen elegir los que ostentan algún cargo público o de cierta relevancia social. La alternativa, mucho más sacrificada, es la que intenta por todos los medios convencer de que jamás ha existido incongruencia en las ideas o en las acciones. Si la delegada de la sororidad opta por esta última, le esperan unos días muy complicados, puesto que la acérrima proclama de la hermandad entre mujeres y el valor de la palabra de la fémina maltratada dibujan un oscuro panorama sobre los posibles argumentos en descargo de Rosell. La vida del político es una exposición constante, una prueba casi diaria de honor, integridad y coherencia personal de la que pocos salen indemnes, y, si no, que se lo pregunten a Juan Fernando López Aguilar, exministro del ejecutivo de Rodríguez Zapatero. La incógnita de Rosell estriba, una vez presentada la denuncia en su contra, en si ratificará sus principios en favor de la mujer cuestionada, lo cual la llevaría a una dimisión inmediata de sus responsabilidades, o si, por el contrario, los dejará en el baúl de los recuerdos. Como escribiera Montaigne, "la felicidad del engaño reside en el mismo engaño". Y todo esto, por supuesto, desde la presunción de inocencia. Faltaría más.

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