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TROPEZONES

Momentos

Para la mayoría de los mortales, al margen de esporádicos eventos familiares o profesionales, discurre la vida por unos cauces conocidos y previsibles, sin mayores sobresaltos y dentro de una asumida y al fin y al cabo tranquilizadora monotonía.

Pero para todos, a lo largo de una jornada normal, se suelen dar unos momentos que nos ale- gran las pajarillas. y que por ello debiéramos aprender a valorar, alargando la permanencia del buen sabor de boca que nos dejan.

Para hacerme perdonar una redacción que me está saliendo algo recargada, les propongo las siguientes situaciones.

El currante que se despierta de madrugada y constata aliviado que faltan todavía dos horas para que suene el despertador.

El escritor que acaba de dar con una redacción afortunada de una descripción que se le resis- tía:"... el agua se ovillaba alrededor de sus tobillos...".(J.M.C.)

En la misma vena, el poeta cuya musa le ha regalado la imagen que buscaba:" ...las noches tatuadas por el viento..." (J.J.P.).

El gastrónomo que en la degustación de unos fresones con nata, se topa con uno de esos ex- cepcionales ejemplares que son dulcísimos, como de otra privilegiada estirpe botánica.

O el inquilino necesitado de acometer una obra urgente en su casa, resignado a contratar los servicios de un profesional. Y que ante su asombro acierta con un operario puntual, eficiente y de razonable minuta que ni siquiera le echa la culpa de la defectuosa instalación al operario anterior. Por supuesto que la presencia de semejante "rara avis" puede desbordar un momento de disfrute, alongándolo toda una jornada.

Y todos nosotros cuando hartos de dar vueltas con nuestro coche en pos de aparcamiento, observamos cómo en el parking repleto se está abriendo un hueco al salir un vehículo, hueco que procedemos ipso facto a tapar alborozados.

Y qué me dicen de aquel día en que al preparar un traje arrimado para llevarlo a la tintorería, se encuentra uno al revisar los bolsillos con un inesperado billete de banco, y además de los grandes.

O el día que llegamos tarde a la estación y el tren, que llevaba el mismo retraso que uno, arriba mansa y simultáneamente al andén, como a nuestro conjuro.

Y si me lo permiten quisiera personalizar este modesto catálogo de momentos con el vivido hace un tiempo en un paseo por la ciudad, al percibir inopinadamente, escapándose por una ventana abierta, la canción del verano. Pero no de este verano ni de uno cualquiera sino de un verano de mi juventud, cuya melodía impregnara mi primer amor de adolescencia, reflotando con fuerza sumergidos recuerdos y vivencias. Momentazo.

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