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Reseteando

Lo que vale un peine

Canarias necesita más pronto que volando, o más rauda que un volador, una salida de tiesto que evite que nos convirtamos, como ya dije en una columna reciente, en el Detroit del Atlántico. Y no es por un afán de refritarme a mí mismo, sino más bien porque el efecto de la ruina del sector automovilístico de la ciudad de los EEUU es un buen espejo donde mirarse. Las Islas viven desbocadas la destrucción de su credibilidad turística, zarandeada por una pandemia que no se supo embridar, o que creció bajo el síndrome ombliguista is different, lo que ocurre en el continente siempre es distinto en las Afortunadas, una reflexión que no procede, como es lógico, con las enfermedades contagiosas. Pero nadie ha sacado aún la pierna (o la pata) fuera del tiesto. A este escenario apocalíptico (no valen las gasas o los parches de morfina) se une la lamentable incapacidad para enseñarle a Madrid lo que vale un peine, expresión que consagró Lorenzo Olarte cuando se negó a aplicar las reducciones arancelarias y el centralismo amagó con un cañonazo vía artículo 155. No sé si el bueno de Ángel Víctor Torres pondría en esta tesitura al emperador Sánchez, todavía remolón, aunque también muy godo, con un necesario Plan Marshall para apagar la crisis en el sector turístico. La despiadada contracción económica amenaza con una quiebra sin precedentes, pero también con un precipicio en las garantías sociales, laborales o sanitarias, en los grandes parámetros del bienestar y la igualdad. Frente a ello, una tibieza, incluso blandenguería, que provoca estupefacción, desencanto y cabreo general, un cóctel nada aconsejable. ¿Pero se puede ir más allá? El Gobierno socialista y sus machacas en las ínsulas redoblan su torpeza con la migración. El aumento exponencial del fenómeno acelera la necesidad de dar cobijo a los migrantes, incluso tirando de hoteles y complejos cerrados, pese a las protestas de los caudillos locales, preocupados por una imagen que a fecha de hoy carece de cartel paradisíaco como industria del Sol. Entre tanto guirigay, nadie mira a los países de origen, a la puesta en marcha de una ofensiva diplomática dedicada a poner coto a las mafias y a evitar el relajamiento de las autoridades. Pero viajar a Marruecos para reforzar el protocolo de colaboración corresponde al Ministerio de Asuntos Exteriores, a no ser que el Gobierno de Canarias se salga del tiesto y asuma a las bravas su propia diplomacia. Cosas más extremas se han visto.

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