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OBSERVATORIO

¿República o monarquía?

No existe un debate real sobre si es mejor la monarquía o la república como forma del Estado. No hay discusión sobre si es más razonable tener como jefe del Estado a una persona de la antigua realeza elegida de por vida por la sabiduría de la genética, o bien a un ciudadano corriente escogido por un tiempo limitado por las urnas. Por mucho que se insista en la supuesta formación o preparación exclusiva de un príncipe -cuya eficacia depende de la aleatoria capacidad del heredero/a y del acierto de sus educadores-, cualquier discusión al respecto no resiste ni los primeros compases. Si además se ve en la república la respuesta democrática frente a los antiguos monarcas absolutos, la constatación histórica se impone. Es cierto que hay repúblicas fallidas en las que los presidentes manipulan las elecciones y actúan como zares. Igual que hay monarcas que son simples figuras decorativas completamente prescindibles, si no fuera por el inmenso amor a la tradición y a un pasado imperial de no pocos pueblos, particularmente el inglés.

Pero también el español. Si hacemos un poco de memoria, nos daremos cuenta de que la historia de España se ha explicado siempre por periodos de reinado, incluso antes de que la misma España existiera. No es algo insólito en la historiografía mundial, pero en el caso español tal vez ha tenido un peso excesivo. Enlaza la historia de la monarquía en España con el habitual relato exagerado de gestas de conquista, que pone el protagonismo en las decisiones de política internacional de los reyes y deja bastante de lado las condiciones de vida de la gente, en torno a las cuales también podrían trazarse periodos cuyo estudio sería probablemente más fructífero que el de las batallas. Puede que se descubrieran datos valiosos para los gobernantes actuales.

Más allá del pasado imperial, se apela en España a la garantía de unidad y estabilidad que supondría la monarquía, lo que resulta extraño si se considera que en los últimos 200 años, todos los reyes españoles o venían del exilio o acabaron en él. Siempre se dice que las dos repúblicas españolas fueron ollas de grillos y duraron poco. Sin embargo, aterra pensar en datos nunca del todo esclarecidos, como el asesinato de Prim, uno de los principales responsables del exilio de Isabel II que fue un prolegómeno de la Primera República, o bien que Alfonso XIII fuera el padrino de bodas de Francisco Franco, o que el rey depuesto hubiera aportado financiación al bando sublevado en la guerra civil. Cabe preguntarse si en los periodos republicanos que ha conocido España, las repúblicas murieron solas o tuvieron enemigos muy eficaces en un poderoso lobi monárquico. Por otra parte, hay países republicanos como Francia o Alemania que preservan con especial empeño esa unidad, sin reyes.

Incluso la figura de un jefe del Estado es prescindible. Son los jefes de Gobierno los que, además de gobernar, representan a un país, y los parlamentos y los jueces los que cuidan de la estabilidad institucional, junto con los ciudadanos en las elecciones, por descontado. Todos esos actores se compensan entre sí en una democracia y no necesitan ningún tutor. La figura del jefe del Estado es solo un residuo del Antiguo Régimen, conservando mucho poder como en EEUU, o ningún poder como en el Reino Unido o Alemania. Supersticiones aparte, si un cargo público es solo un símbolo, resulta prescindible.

Objetivamente, es tiempo de reformas constitucionales. Adversidades como la presente pandemia no solamente no son un obstáculo, sino un acicate para dotarse de un mejor esquema institucional dado que el antiguo, fruto de otra época ha demostrado con creces su agotamiento, particularmente en la jefatura del Estado.

Sin embargo, es difícil que ocurra. Recuerden la cena organizada por Mariano Rajoy con el anterior rey y tres expresidentes españoles. Fue en el año 2015, después de la abdicación, pero también después del incidente de Botsuana y del caso Urdangarin. A esos tres presidentes cabía suponerles mejor informados que el común de los mortales de los detalles indecorosos de la trayectoria de Juan Carlos I. Y pese a ello acudieron a la cena. Lo que significa, en el fondo, que al menos los dos partidos mayoritarios no están dispuestos, ni siquiera conociendo lo que ya todos conocemos, a impulsar una reforma republicana. Solo una falta de apoyos en las urnas por esta razón podría persuadirles de lo contrario. Lamentablemente, en España los votantes no castigan como debieran la corrupción institucional, lo que es una desgracia para todo el país.

Jordi Nieva-Fenoll. Catedrático de Derecho Procesal (UB)

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