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ANÁLISIS

¿Quién fue Ota Benga?

Americanos y africanos, blancos y prietos, en los últimos siglos han mantenido una relación tormentosa. Los blancos descargaban los truenos sobre los negros y estos los recibían y cantaban blues. En un primer momento, la relación era comercial, los blancos compraban africanos en los mercados, se hacían dueños de sus vidas y sus almas, y a currar de sol a sol en sus campos de algodón a golpe de látigo. Recuerden que por entonces no había subsaharianos sin papeles y el esclavismo se expresaba de forma más explícita. No como aquí y ahora, que sobrevive por el fango mientras miramos hacia otro lado.

Después de una guerra de Secesión, la clásica del norte contra el sur, Abraham Lincoln abolió el mercado humano. Y las relaciones entre blancos y negros cambian. Desde entonces, blancos vestidos de cofrades de Semana Santa persiguen a los negros, que escapan o mueren abrasados por el fuego cantando blues. Pero, hay una modalidad curiosa de intercambio, diría que subcultural entre unos y otros, y es que, allá por 1904, un comerciante de nombre Samuel Verner se trajo con sus mercancías del Congo belga a ocho aborígenes, desde el mismo corazón de las tinieblas a la Feria Mundial de St. Louis. Enjaulados al lado de los monos se convirtieron en la atracción principal. Digo intercambio porque ellos mostraban al respetable su musculoso cuerpo y recibían perdigonadas de cacahuetes. Y aquí entra Ota Benga. Pues bien, de los ocho, siete murieron de frío en el invierno de la jaula, y sobrevivió Ota Benga. De libertad nada, querido pigmeo, que va. A New York, al zoológico del Bronx. Atrajo multitudes. Aumentaron el precio de las entradas y se hacía cola delante de la cola de Ota.

Un cura con dos dedos de frente se cabreó y la lio en la prensa. A Ota lo exjaularon y le dieron posada en un Seminario para negros en Virginia. Se dedicó Ota a enseñar a los niños a cazar y a pescar como en África y, sobre todo, les contó muchas aventuras del Continente negro. Un día se cansó de vivir, con 25 años, y se pegó un tiro. ¿Quién habrá tenido la fortuna de escuchar aquellas historias? Por aquí, en el Museo Darder de Bañolas (Gerona), se exponía un bosquimano disecado con lanza y todo. El sentido común y la vergüenza lo devolvieron a las arenas del Kalahari. En las pelis de los cincuenta vimos mucha variedad de negritos en taparrabos al lado del gran hombre blanco: "Tarzán de los monos" o "Las minas del Rey Salomón". Ya no fue preciso secuestrarlos para verlos en zoos o museos. Hoy los negros americanos ya no participan en ningún intercambio, son la diana del macabro juego "mata al negro" con que la Policía yanqui se divierte. Varias modalidades, por ejemplo, mátalo por asfixia con la rodilla en el cuello, George Floyd; déjalo paralítico de nueve disparos por la espalda, Jacob Blake; o lo último, métele la cabeza en una bolsa y aplástasela, Daniel Prude. Y, ¿qué dice el Papa de Roma? Que recemos.

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