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OBSERVATORIO

Salud, economía y felicidad

Imagino que a ustedes les ocurre lo mismo. Acabo de caer en la cuenta de que, ahora, cuando escribo un mensaje o un correo electrónico a familiares, amigos o conocidos (ya no escribimos cartas, ¡una pena!) he cambiado la fórmula de despedida: he prescindido del tradicional "abrazos" y "saludos" por el nuevo de "cuídate" y "salud".

Es una anécdota, pero pienso que es reveladora de cómo la pandemia de coronavirus ha situado la salud en el primer puesto de nuestras prioridades personales. Naturalmente, también buscamos la riqueza y la felicidad. Son las tres prioridades que cantaba una canción muy pegadiza de los años 60, del grupo Cristina y los Stop, cuya letra decía: "Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. Y el que tenga estas tres cosas, que le dé gracias a Dios".

Lo ideal es tener las tres cosas a la vez. Pero hay una escala de causalidad entre ellas. Es frecuente pensar que lo primero es la economía, porque los ingresos que nos trae permiten comprar una salud mejor y una mayor felicidad. Aunque la idea de que la riqueza es la condición necesaria para una buena salud puede ser válida en el plano personal, no lo es en el social. La pandemia de covid ha dejado claro que la salud pública es la prioridad primera y fundamental para que la economía y el resto de actividades sociales, como la escuela, puedan funcionar.

Si antes de la pandemia hubiésemos intentado convencer a muchas de nuestras autoridades, y al mundo empresarial en general, de la importancia para un país de disponer de un buen sistema de salud pública, habríamos tenido dificultades para lograrlo. La visión dominante de la salud pública era la de un gasto público improductivo, que había que controlar y, a ser posible, recortar. ¿Recuerdan? Eso fue lo que se hizo en la crisis financiera y de la deuda en el 2010: lo primero que se recortaron fueron los gastos públicos en salud. Esa visión sostenía que lo prioritario era fomentar el crecimiento económico, ya que este permitiría después disponer de más recursos para mejorar el sistema sanitario público y el bienestar social.

La pandemia de coronavirus nos ha hecho ver (¡eso espero!) que teníamos las prioridades equivocadas. Sin proteger y garantizar la salud pública, el crecimiento se desploma y la felicidad social disminuye.

Para hacerlo, necesitamos adquirir una nueva visión de la sanidad pública, similar a la de un ejército preparado para defendernos de agresiones exteriores. Podríamos pensar que es un gasto improductivo, pero no es así. Necesitamos tener capacidades estratégicas de reserva para responder a situaciones de emergencia pandémica. Las tenemos en otros sectores, como el de la electricidad. Para garantizar el suministro ante un aumento de demanda ocasional, el sistema eléctrico nacional mantiene en reserva una serie de plantas de generación que están paradas, pero en disposición de entrar en funcionamiento cuando la autoridad gestora del sistema se lo ordene. Esa capacidad excedente no es en modo alguno un gasto improductivo. Es una inversión necesaria, que naturalmente hay que retribuir aunque no funcione la mayor parte del tiempo.

Tenemos que hacer lo mismo con el sistema público de salud. Necesitamos disponer de capacidades de reserva estratégica, tanto del propio sistema de salud como de los sectores industriales, farmacéuticos y de investigación relacionados con la salud pública. Si hemos aprendido la lección del coronavirus, debemos invertir en salud pública.

Fíjense que digo "invertir", no "gastar". De hecho, si he de hacer un pronóstico sobre las industrias de futuro que deberían ser prioritarias en los programas de recuperación y remodelación de la economía pospandémica, diría que la industria de futuro más estratégica es la de la salud pública. Sin ella ni la economía ni la vida social pueden funcionar. Además, en dos décadas, la industria de la salud pública tendrá una capacidad de generación de valor añadido y de empleo superior a la que tienen hoy otras industrias tradicionales. Priorizar la salud pública es garantizar una economía sana y estable y la felicidad social.

Permítanme acabar con una advertencia. A pesar de sus dramáticos daños, deberíamos agradecer a la madre naturaleza que nos haya enviado a tiempo el coronavirus para avisarnos de las pandemias más graves que están por venir. Especialmente, la del cambio climático, una pandemia que va a venir de forma más rápida de lo que (ahora) pensamos. Invertir ahora en salud pública es garantizar un crecimiento económico sano y estable, y la felicidad pública.

Antón Costas. Economista.

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