Aunque haya quien quite a la bandera fuerza de sentimientos e historia como símbolo estimulante, también alguien hay que le grite lo contrario. Para todo hay en botica y democracia. Por ejemplo en aquellos que en otro tema no quieren ser fichados como supersticiosos y dicen que lo de la superstición es pura pamplina, aunque cuando nadie les ve ni oye, se resisten, "por si acaso", a pasar por debajo de una escalera abierta o adosada a la pared por lo de la mala suerte. O? cuando alguien desea algo con fuerza, y hay dificultad para conseguirlo, por muy ateo que sea, se anima y protege agarrándose "por si acaso" al eslabón de esperanza como es el de "vamos a ver si Dios quiere".

Y así numerosas historietas que nos harían reír por incongruentes y que yo he contado alguna vez aunque pensando siempre que ¡esto de lo de la bandera tiene castaña¡ Hay gente despreciativa de normas, tradiciones y pensamientos. Nada me obliga a nada -dicen-. Ni a santiguarse ante el Santísimo, ni a levantar el puño ante una foto de Stalin, ni a ponerse en pie al paso de la bandera de su nación. A no ser, claro, que les interese por superstición o por recurrible maniobra política.

Pero cuando andan lejos y dispersos por ahí y ven ondear su bandera, y por añadidura lo están pasando mal, o viven un momento importante de su vida, sienten un temblorcillo en la barriga que no se explican. Si es isleño sé que lo siente no solo cuando es la bandera del país sino de su isla, provincia, y, si me apuran hasta la del equipo de fútbol de su barrio.

-"Hay mucho cuento en eso de rendir culto a su bandera"- Dicen unos, y otros por el contrario dicen que "hay mucha mentecatada al negar que transmita sensación alguna el ondear la tela de sus colores".

Sería curioso saber qué saldría de un examen sincero si ya sabemos que cuando la gente quiere, es capaz de saber y ejercer de todo; de sordo aunque tenga los mejores audífonos; o de ir a misa, a la procesión santa y hasta de tomar la comunión aunque se trate del mayor de los ateos.

Hay quien igual te canta el Cara al Sol que la Internacional. Y es capaz en cualquier momento de mofarse de los héroes que fueron en su tiempo, como de presentar con piel de cordero a los que en el mismo espacio fueron ladrones o criminales sanguinarios. Todo depende de la música que suene. Es el decir un cosa y creer otra, o cambiar chaqueta, abrigo y chaquetón.

A lo mejor todos somos igual.

Y yo no sabría explicarles bien por qué soy capaz de sentir emoción cuando veo la bandera de España. Y la siento. Quizá sea porque a su sombra nací, viví y vi con ojos de niño, antes, durante y después de la guerra, pues todo lo viví. Y no sé cómo explicarlo. De cualquier forma cuento una anécdota personal y verdadera sobre la reacción que me trajo una bandera que no era la mía.

Desde hace 40 años, paso temporadas en Playa Blanca de Yaiza en Lanzarote. Aún no había suministro de luz ni de agua. En una de sus poquitas casas, junto al mar y en un altillo privilegiado, se instaló un ingles jubilado. Dicen que había sido embajador.

Le conocí a distancia. No hizo amigos españoles. Nunca pude hablar con él. No saludaba. Apenas salía a pasear por lo que ahora es la calle Limones junto a los riscos, lo más cercano al mar antes de que estuviera la Avenida Marítima que hizo el Ayuntamiento de Yaiza con Honorio García Bravo.

Al único a quien se dirigía alguna vez era al marinero pescador Lorenzo Caraballo. Le indicaba por señas y delante de mí, el pescado que quería y que, de vivo aún saltaba, se lo hacía limpiar, le pagaba y adiós. Ya no le saludaba más, ni siquiera si después se veían por la calle.

Pues bien, este señor tenía un largo mástil a la entrada de su casa junto a la de Siñó Gregorio, padre de Lorenzo, y cada mañana, de forma ceremonial, derecho y delgado como un ciprés, izaba la bandera de su nación haciendo frente al viento conejero hasta el atardecer en que la arriaba despidiendo el día, con otra oración, no inteligible para mí que aún no sabía inglés.

Y ¿saben qué?

Pues que yo lo miraba con respeto aunque con recelo no fuera a ser que este embajador, sin decir ni que nadie le dijera nada, creyera estar aquí, en suelo español, dando fe de dominio con su enseña como siguen haciendo en Gibraltar por ejemplo, con música incorporada.

Quizá eso es por lo que pienso que lo de la bandera nacional quiere decir algo, ¿cómo si no se pudo formar aquel asomo de follón con un simple banderín moro en la isla Perejil?

¡Ay bandera, bandera¡

Eres influyente hasta para los que no te quieren.

Y más claro me queda eso después de que veo cómo se acerca el mundial futbolístico en Brasil porque sobre ella ya vienen soplando con afán deportivo millones de jóvenes españoles de Andalucía, Cataluña, las Castillas, Canarias y Baleares, Asturias, los viejos Reinos de Valencia y Aragón, Galicia y Extremadura, vascos, navarros, de Murcia, Ceuta o Melilla que están deseando verla ondear como lo que ya ha sido entre grandes y chicos, campeona de Europa (1964, 2008 y 2012) del Mundo (2010) y Olímpica (1992). ¡Qué atracón de aplausos señor¡

Y es que, para los que la quieren, esa bandera, como la de su pueblo, vale mucho, mucho.