De todos los excesos de los hombres, la "hybris", la arrogancia, fue el que más temprano despertó la ira de los dioses. Creo que ha sido el pecado de Álvarez Cascos. Creía que siempre iba a tener razón por haberla tenido una vez: de pie, junto a José María Aznar, fue pieza clave en la refundación de la derecha española.

La carta en la que reprocha a otros las consabidas mezquindades de la política es la misma que le podrían haber dirigido a él todos aquellos dirigentes del Partido Popular a los que descabelló a lo largo de su etapa de "general secretario". Cascos parece haber olvidado que a la política se llega llorado.

Quizá el olvido proceda del mucho tiempo que ha estado dedicado a sus asuntos mientras los compañeros a los que ahora denuesta aguantaron a la intemperie sujetando los vientos para que la tienda no se viniera abajo.

Mariano Rajoy es hombre de decisiones agónicas, pero tengo para mí que en este asunto su manejo de los tiempos ha sido acertado. Con Álvarez Cascos dentro, el Partido Popular podía haber ganado en Asturias, pero lo que ganaba en Covadonga podía poner en riesgo la rendición de Granada. La vuelta de Cascos a la política es en sí misma un anacronismo.

Aunque Mariano Rajoy, Javier Arenas y Esperanza Aguirre son supervivientes de la vieja guardia de cuando José María Aznar era el patrón, de hecho, el Partido Popular nacional ya es otro partido. Menos ideologizado, más pragmático, transversal incluso, en razón de los errores de José Luis Rodríguez Zapatero. Véase la decisión de Rajoy en el asunto de las pensiones.

Ignoro si Francisco Álvarez Cascos, como se dice, montará un partido propio. Antes de dar el paso, el que fue comentarista taurino en la radio, debería recordar lo que dejó escrito Píndaro, el primer periodista deportivo de la Historia: "Un deseo que va más allá de la mesura, conduce a la amargura".