¿Estamos ante una crisis política o económica? Quizás ante las dos cosas. Hace unos meses preguntaron a Charlie Munger, el anciano consejero delegado de Wesco Financial Corporation, si el mundo se enfrenta a una situación comparable al crash del 29. "Aquello fue mucho peor", replicó, "pero hay una diferencia significativa. Entonces los políticos no se enriquecían con el poder, mientras que ahora se entra en política para ganar dinero". En realidad, Munger apunta a un tópico: al papel determinante de la clase política y de las elites económicas -cuando no a su manifiesta corrupción- en el desarrollo de los importantes desajustes que conducen a la crisis. En nuestro caso, lo comprobamos a diario: el despilfarro de las finanzas públicas, la cobardía populachera, el desparpajo chabacano y amateur de los políticos, la lamentable desunión europea y la escasa capacidad de análisis más allá del corto plazo. Nada que ver con los grandes líderes de los que habla Munger.

1929 simboliza las dos formas de encarar la actual recesión a uno y otro lado del Atlántico: Hoover y Roosevelt. Herbert Hoover fue el presidente del crash del 29. Era un ciudadano de una moralidad notable que, sin embargo, no supo entender la profundidad de la crisis. Su lectura de la misma respondía a formas clásicas: el capitalismo funciona impulsado por ciclos y al pánico inicial le sigue una nueva expansión de la riqueza. Tal vez consideró -y ahí, yo creo que seguía a su predecesor Calvin Coolidge- que lo fundamental era dejar que la economía mejorara por sí misma, sin intervención estatal alguna. Además, en la propia tradición americana, son los ayuntamientos y las iglesias los que se encargan de los programas de ayuda a los más desfavorecidos, pensar que debía ser el Gobierno de Washington quien se pusiera al frente de un enorme plan de rescate hubiera sido una idea casi revolucionaria.

Luego llegó Roosevelt y con él los grandes programas estatales de obras públicas: campañas de electrificación rural, por ejemplo, y de control de inundaciones; pero también programas de ayudas a los artistas o a trabajadores sin una especial capacitación -el famoso Cuerpo Civil de Conservación o CCC-. En el imaginario colectivo americano, Hoover es el malo -o el inepto-, mientras que Roosevelt es el bueno. Se olvida que 1937 fue el peor año de la depresión y que sólo la II Guerra Mundial logró sacar a los Estados Unidos del estancamiento, a los tres lustros de haberse iniciado.

Lo que nos demuestran Hoover y Roosevelt es que no hay respuestas sencillas cuando se encaran recesiones profundas, pero sí, quizás, se puedan ofrecer algunas sugerencias: en primer lugar, la necesidad de que la clase política deje de intentar mantener un statu quo -muchas veces el suyo o el de sus intereses- insostenible; en segundo lugar, que los enormes recortes de gasto público que se preparan en Europa no ayudarán a recobrar la senda del crecimiento; finalmente, que no existen las recetas vudú ni las soluciones mágicas.

Plantear correlaciones históricas puede resultar un experimento arriesgado. Uno de los grandes aciertos de Roosevelt, por ejemplo, fue invertir masivamente en una serie de infraestructuras que incrementaron la productividad del país. España, en cambio, se enfrenta a un exceso de infraestructuras inútiles. Sin munición en el revólver, el doloroso camino de las reformas es el único que se abre paso. Eso y recobrar la sensatez en el seno de la Unión Europea, Merkel al frente. Lo cual conecta de nuevo con la pregunta y la convicción iniciales: la crisis económica se ha convertido fundamentalmente en un problema político.