Corre el año 2050, sigo vivo con permiso del colesterol, y con el bastón echo a un lado las dos piedras que me impiden dar un paso más sobre una acera ajada, llena de polvo y basuras. Ante mí luce una farola destrozada que en un escorzo increíble tiene a su lámpara de sodio a menos de un metro del suelo, apoyándose sobre el capó de un coche carbonizado, sin ruedas y ni un solo cristal intacto. Un perro callejero cruza despavorido la calle. Da un susto de campeonato a un par de tórtolas. En los bajos de un antiguo centro comercial, repleto de graffitis e impactos de obuses, dos ancianos frotan sus manos al socaire de un bidón alimentado de una mata de aulagas que hace las veces de combustible. Son las nueve de la noche, corre el mes de febrero y el viento mueve a su gusto las llamas. "¡Somos los últimos. Ya no queda nadie más!", grita con voz aguardentosa uno de los viejos tras una brusca expectoración acompañada de esputos hemoptoicos. A su espalda se eleva imponente el esqueleto semiderruido de un bloque de once plantas. Como él hay decenas, cientos. Y, al igual que hace 40 años, un cartel por los suelos. Pintura reflectante negra. Valle de Jinámar.